El Círculo de Estudios Mario Sancho hacia 1970

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*Víctor Hugo Acuña Ortega

He aceptado esta invitación de Guillermo Coronado a hacer este ejercicio de rememoración porque el objeto del recuerdo remite a una etapa de mi vida que fue grata y determinante en los caminos que tomé posteriormente. Al ponerme manos a la obra he descubierto que mis recuerdos al respecto son fragmentarios; de modo tal que admito no soy el testigo más idóneo. Reconocer la inevitable parquedad de mi testimonio me ha producido una sensación incómoda, pero he terminado por admitir que lo normal es que el olvido prevalezca sobre el recuerdo,  a menos de que se disponga de los marcos sociales que hacen posible la reminiscencia colectiva, como bien lo señala el sociólogo de la memoria Maurice Halbwachs. Así valgan estos recuerdos un tanto deshilachados, inexactos en algunos aspectos supongo, como pequeño aporte a un necesario diálogo sobre lo que fue el Círculo de Estudios Mario Sancho. 

Ingresé a la Universidad de Costa Rica en 1967. Podría pensarse que la experiencia fue inmediatamente exultante porque la década de 1960 fue de efervescencia estudiantil y juvenil y de transformaciones en los estilos de vida en el llamado mundo occidental. Hippies, peace and love, música rock, Los Beatles, Mayo 1968, las protestas contra la guerra de Vietnam y todo cuanto pueda asociarse a una imagen real o estereotipada de lo que fue esa época, la más próspera y despreocupada del terrible siglo XX, resultan inevitables cuando se la evoca.

Sin embargo, en Costa Rica la atmósfera no era exactamente así, cuando apenas se iban a cumplir dos décadas de la guerra civil de 1948. Ciertamente que el bienestar que hoy en el recuerdo se asocia a la denominada era liberacionista empezaba a ponerse en evidencia y en el país imperaba un clima de optimismo en términos de oportunidades económicas y mejoramiento social para amplias capas de la población, como era mi caso y el de mi familia. Pero, innegablemente, en el país imperaba una atmósfera conformista, convencional y profundamente anticomunista, como cualquiera podría comprobarlo fácilmente con una rápida mirada a la prensa de la época.

El anticomunismo iba de la mano de un gran conservadurismo en las costumbres, respaldado, promovido y validado por una Iglesia Católica muy tradicional. En general la religión ocupaba un lugar central en la vida de las personas y de la sociedad en su conjunto. Como es de suponerse, la sexualidad de los jóvenes era muy controlada y reprimida y la diversidad sexual condenada y obligada a ser vivida en la culpa y en la clandestinidad.  En suma, la liberación de las costumbres y el ascenso de la cultura juvenil antisistémica, típicas del mundo occidental de aquellos años, estaban lejos de ser moneda corriente en el país el año en que ingresé a la Universidad de Costa Rica.

Costa Rica y su capital, San José, eran en suma un mundo aldeano, mojigato y de estrechos horizontes en donde imperaba una fascinación sin límites por el american way of life y en donde predominaban los valores del ascenso social y el confort material, asociado al nacimiento de la sociedad de consumo, al alcance no de toda la población, pero sí al menos de las clases altas y de las capas medias más acomodadas. La llamada alta cultura no formaba parte de las prioridades de estos grupos sociales y, en consecuencia, era asunto de unas diminutas minorías, tan ínfimas como las que profesaban ideas políticas radicales. Los estudiantes y profesores comunistas de la universidad eran un pequeño grupo marginal y marginado. Por cierto, algunas personas formaban parte de ambas minorías.

Este retrato puede parecer el de un mundo muy lejano si se mira desde el presente, cuatro décadas y media después, en un país más diverso y en una capital poblada de una variedad de tribus urbanas. Pero también ya hubiese parecido un tanto distante mirado apenas una década después, es decir, al mediar los años 1970. En efecto, entre fines de la década de 1960 e inicios de la siguiente, la vida urbana, la vida social, el mundo cultural y los valores cambiaron profundamente en Costa Rica. Toda la efervescencia juvenil y estudiantil internacional penetró en el país y junto con ella los ecos de las luchas políticas revolucionarias que en esos momentos protagonizaban distintos países de América Latina, inspiradas en la revolución cubana. Los exiliados latinoamericanos, como sabemos, cambiaron profundamente la vida intelectual y cultural local. 

Resulta innegable que uno de los principales vectores de esos cambios en las conciencias, la vida cotidiana, las relaciones interpersonales y la vida política fue la Universidad de Costa Rica. Esta institución cobijó el renacimiento del Partido Comunista, diezmado y reprimido después de 1948, el surgimiento de otros grupos políticos a la izquierda de dicho partido y la aparición de círculos de jóvenes seguidores de las prácticas culturales de la juventud occidental, en donde el consumo de drogas, en especial, de marihuana, ocupaban un lugar relevante. Pero también fueron estos jóvenes radicalizados en el plano político o en el modo de vida quienes dirigieron sus inquietudes a la creación cultural, tan dejada de lado en las primeras décadas de prosperidad socialdemócrata. El teatro, la danza, el cine, las artes plásticas, la música culta y otras formas de expresión artística adquirieron gran auge en esos años, despegue que mantiene una línea de continuidad con lo que en esos campos se hace en el presente.

La Universidad de Costa Rica fue también el ámbito en el cual se renovaron la historia, los estudios literarios y la filosofía, y nacieron las ciencias sociales. En este sentido, hacia 1970 surgió un nuevo pensamiento costarricense, crítico tanto del proyecto liberacionista como de las tradiciones liberales más antiguas y de las representaciones más arraigadas de la identidad nacional. Ese pensamiento propuso una nueva mirada tanto del presente como del pasado de Costa Rica. De esta manera, a partir de 1970 los mitos más arraigados de la sociedad costarricense empezaron a ser sometidos a una severa crítica tanto desde la creación cultural como desde el pensamiento social y político, a pesar de que esos años fueron los de más brillo y renombre del filósofo Constantino Láscaris, quien había venido a rejuvenecer los viejos mitos nacionales.

Se podría decir que hacia 1970 se inició una nueva etapa de secularización de la sociedad costarricense en la cual autoridades e instituciones tradicionales fueron puestas en entredicho. De nuevo, la Universidad de Costa Rica jugó un papel importante en la medida en que promovió el pensamiento científico y racional y la práctica del pluralismo y de la confrontación de ideas. De este modo, la racionalización del mundo fue un elemento central en este proceso de secularización. Quizás pueda servir de símbolo la circunstancia de que en esos años, a contrapelo de las prédicas tradicionalistas católicas y del peso de los llamados valores familiares, aparecieron las primeras corrientes feministas y, en términos más generales, la emancipación femenina dio un paso significativo, al menos dentro de  grupos de las clases medias y altas. 

Un modesto pero importante protagonista de estos cambios sociales y culturales fue un pequeño grupo de personas que desde mediados de la década de 1960 se reunían para discutir e intercambiar sobre temas culturales.  Al poco tiempo de ingresar a la Universidad de Costa Rica yo descubrí este grupo, gracias a mi amistad con los hermanos Sergio y William Reuben y su primo hermano Álvaro Quesada. Estos jóvenes universitarios tenían inquietudes filosóficas, literarias, artísticas e intelectuales en general que a mí me resultaron muy interesantes y ellos, precisamente, frecuentaban ese grupo cultural.

El Círculo de Estudios Mario Sancho se reunía una noche por semana, me parece que los sábados, en el bufete del abogado Jorge Enrique Guier, ubicado a un costado de la Embajada de Estados Unidos en la avenida primera. Lo integraban en su mayoría jóvenes profesionales, muchos de ellos profesores de la universidad. También asistían a sus reuniones estudiantes, predominantemente de filosofía. Recuerdo entre ellos a Ramón Madrigal Cuadra, a Egenory Venegas y a Guillermo Coronado, aunque este último quizás fuese ya un joven profesor de la Escuela de Filosofía. El Círculo acostumbraba también invitar a personas ajenas a que viniesen a presentar algún tema. Me parece que en las discusiones del círculo predominaban los temas filosóficos, aunque recuerdo haber asistido a un ciclo de charlas sobre las revoluciones de la época moderna en el cual el abogado William Guido, militante del Partido Vanguardia Popular, nos habló de la revolución rusa.

En mi memoria se confunde el recuerdo en relación con el filósofo Roberto Murillo cuya inteligencia, sabiduría y sentido del humor me impresionaron en forma profunda en mis primeros años universitarios, ya que me parece que lo conocí primero en el Círculo de Estudios Mario Sancho. En el Círculo se hablaba de  todo tipo de temas culturales y se rendía culto a las más altas expresiones de la civilización occidental, por ejemplo la música clásica o la pintura. Para un neófito, como yo el Círculo fue una ventana a esa alta cultura de la cual yo apenas empezaba a enterarme, gracias a los cursos de Estudios Generales en la universidad y a mi amistad con Gastón Fournier, joven inquieto y muy erudito para su edad. En todo caso, me parece que me sentía muy fascinado por todo aquello, aunque mi comprensión de lo que se conversaba y discutía en esas sesiones era muy limitada.

No recuerdo si se llevaban actas de las reuniones del Círculo, ni tengo conocimiento de que haya quedado un registro escrito de sus actividades. Es una lástima porque el Círculo fue un balón de oxígeno intelectual y cultural en una Costa Rica filistea y materialista, en el peor sentido del término, que merecería ser objeto de investigación. Era un refugio para quienes desde distintas formaciones, medios sociales y grupos de edad éramos movidos, perdóneseme la expresión manida, por el amor a la cultura y al pensamiento. Al respecto, es interesante señalar que el Círculo no era un lugar, según mis recuerdos, donde se discutiesen cuestiones políticas o ideológicas. Quizás, eso fuese resultado de la visión elitista de la cultura del cual era portador y también del clima ideológico imperante en la Costa Rica de esos años.

No recuerdo como me alejé del Círculo de Estudios Mario Sancho. No sé si fue que dejó de existir; no sé si fue por la partida de mi amigo Álvaro Quesada, quien me inspiraba gran simpatía y mucha admiración, a la Unión Soviética a hacer estudios de literatura rusa; no sé si lo que el Círculo me había ofrecido dejó de interesarme. Como ya dije, en esos años ocurrió la transición de aquella Costa Rica aldeana y conservadora a una sociedad más parecida a la que ahora conocemos. Es posible que las inquietudes que empecé a cultivar gracias al Círculo logré canalizarlas en otros contextos. En todo caso, es casi seguro que haya jugado un papel muy importante el proceso de politización que experimenté como tanto jóvenes universitarios de aquellos años, en el contexto de las luchas contra ALCOA. En determinado momento, mi fascinación por la alta cultura fue subordinada a la toma de conciencia política y a la radicalización ideológica.

De todos modos, en mi recuerdo el Círculo de Estudios Mario Sancho permanecerá como el lugar donde  sentí que mis inquietudes intelectuales y culturales eran legítimas y, además, eran vividas como algo natural y normal por un grupo de personas mayores que yo, todas muy eruditas, cultivadas y refinadas. Probablemente, fue un espacio en el cual el joven estudiante de economía que yo era reafirmó su interés por la historia, la filosofía y las ciencias sociales, interés que en determinado momento me condujo a hacer de la historia mi profesión. El pequeño mundo que se me abrió en el Círculo se hizo más grande a lo largo de la década de 1970, gracias a la efervescencia política y cultural en el país, cuyo epicentro era la Universidad de Costa Rica. De esta manera, el Círculo de Estudios Mario Sancho fue un indiscutible precursor de la vida intelectual y cultural de la Costa Rica contemporánea. Muchas de las personas que por allí pasaron o fueron sus asiduos asistentes han desempeñado papeles destacados en la vida cultural e intelectual de la Costa Rica de fines del siglo XX y principios del siglo XXI. Este capítulo de la historia cultural e intelectual costarricense merecería ser rescatado del olvido.

Tres Ríos, marzo 2016.