Disquisiciones berlinesas*

(Segunda parte continuación)

*Álvaro Zamora

Las obsesiones de que padecemos 

son un elemento fecundo

si logramos transformarlas o hacer cristalizar

en función de nuestros propósitos–Francisco Amighetti–

Alte Nationalgalerie (Antigua Galería Nacional) Berlin

Con mayor irreverencia que egoísmo comento, en principio, solo tres pinturas de las que habitan en la enorme National Galerie berlinesa[1]Sonnige Stube, de W. Hammershøi (49,7 x 40 cm); Die Sünde, de F. v. Stuck (88 x 52,5 cm.) y Der Fuß des Künstlers (1876, 38.5 x 33.5 cm ) de G. v. Menzel. 

Dado que dedicar un comentario a cada obra expuesta o al menos a cada sala del museo resultaría algo desmesurado, advierto que el interés indicado –así también la elección de tales obras– obedece, ciertamente,  a una inclinación personal del gusto; aunque la conversación con el Señor Dix también alienta en parte esa elección. 

La presumible irreverencia tiene otro fundamento: no atiendo aquí a la curaduría[2] de las colecciones. Es decir, no ausculto el guion con que han dispuesto cada galería del museo, ni el concepto general que, seguramente, vincula dinámicamente a sus salas. No se confunda esa actitud con la insolencia. Mis razones son menos ingratas que prudentes: si intentara construir un texto para dar cuenta de todo aquello, no extrañaría en la vastedad del proyecto un reclamo, para que escriba un libro o pretenda iniciar una biblioteca borgeana. Algo tan inmenso no está entre las pretensiones de esta columna.  

Sonnige Stube, la estancia con anima lucis

En una de las galerías, el señor Dix y yo topamos con un legado del pintor danés Wilhelm Hammershøi (1864-1916)[3]. La eminente soledad de su Sonnige Stube nos detuvo. “Parece solitaria –advertí– pero no sería nada sin nosotros”. El Señor Dix agregó: “esa soledad es, en realidad, un llamado”. 

Esa estancia fue llevada al lienzo en 1905; pertenece al período maduro del artista. 

Hammershøi ocupa un lugar singular en el arte europeo de comienzos del siglo XX. Mientras muchos de sus contemporáneos exploraban los efectos cambiantes de la luz o las posibilidades narrativas del simbolismo, él volvió la mirada hacia la interioridad. Sus habitaciones vacías, sus puertas entreabiertas y las luces atenuadas constituyen mucho más que descripciones domésticas: más que lugares para un retiro silencioso, figuran cual desafíos para la  contemplación.

Selvportræt[4] (detalle de: Autorretrato: 33,7 x 28,2)

Acogí visualmente la pintura Sonnige Stube como legado visual exquisito; también como exigencia imaginaria y reflexión pictórica. Eso puede tomarse como otro desacato egoísta de mi parte pues, en ese momento, el Señor Dix y yo la tomamos cual excusa para reflexionar sobre tópicos de técnica pictórica y de teoría estética. También la tomamos como excusa para evocar viejas lecciones sobre historia del arte y sobre la filosofía en la transición del siglo XIX al XX. 

No evitamos referencias sobre Heidegger. Aunque él y Hammershøi no son contemporáneos, en presencia del cuadro puede evocarse algo que, en mi criterio, se halla entre las pocas ideas fructíferas del pensador alemán: las cosas auténticamente presentes no son simples objetos, sino ámbitos donde el mundo se revela. En tal sentido, podemos atribuir al cuadro una paradoja.

La escena parece simple; pero su ligereza solo es aparente; su calma engaña. La estancia no está vacía realmente, sino habitada por indicios humanos. La luz que atraviesa su espacio, los muebles austeros y la rigurosa organización compositiva revelan el presumible contrasentido: ahí hay una presencia ausente. El espectador no contempla únicamente cierta habitación, sino que atestigua la huella de una vida retirada de la escena.

En otras palabras: la ausencia representada requiere del otro. Esa soledad pintada es, paradójicamente, una compañía. Hammershøi la ofrece cual revelación, casi ominosa, de la presencia ajena. 

Desde esa perspectiva, la obra admite una lectura cercana a ciertas intuiciones fenomenológicas posteriores. No porque Hammershøi pretenda ilustrar tesis filosóficas, sino porque convierte el espacio cotidiano en un ámbito de revelación, donde los objetos dejan de ser meras utilidades para adquirir una compleja densidad significativa.

La obra es meticulosa, detallada. No extrañaría que alguno la considere tan fría y exquisita como un Tractatus que niega validez a las emociones y a la metafísica.  Se constituye cual habitación austera, poblada con una luz general pero a la vez diluida; hay objetos mínimos, decisivos. 

No engañen tales datos al espectador; el propósito de Hammershøi no consiste en coleccionar cosas en el lienzo; tampoco en brindar descripciones estériles.  

En la obra de ese pintor, los interiores solitarios están poblados de ausencia. Cada detalle ha de ser tomado como huella de la humana existencia. Eso da motivo para arriesgar alguna reflexión semiótica, moral o incluso metafísica[5].

La ausencia, más que activa, resulta connotativa[6]. Los objetos en el cuadro dejan de funcionar como útiles cotidianos. Adquieren, en cambio, cierto espesor que yo apodaría con el término ontológico. Las habitaciones parecen guardar silencio a propósito, esperar, recordar o insinuar una temporalidad suspendida

En la poesía, las palabras transgreden la extensión del signo para  emular lo imaginario. Algo semejante ofrece la Sonnige Stube. También alienta notas existenciales, muy parecidas a las que invadieron las páginas de otro danés en el siglo XIX[7].

 No opondría criterio a quien viera en Sonnige Stube una especie de misticismo laico, o al menos una resonancia espiritual. Parafraseando un lugar común de la cultura, podría aceptar incluso la idea de que Hammershøi ha pintado la presencia de la ausencia[8].

Más que objetos y paredes en retrato, ese cuadro de Hammershøi exuda ecos de la memoria (personal y colectiva). Su atmósfera invita a la reflexión; es como un personaje teatral. 

Esa estancia se ofrece al mismo tiempo cual psiquis y habitáculo. Apoyado en Freud, arriesgo aquí la idea de que el pintor danés ha sabido atrapar el gusto estético en un espacio a la vez fascinante y siniestro (das Unheimliche)[9].

Entendida de esa forma, la obra se presenta como poesía visual. Con ella Hammershøi abre el espacio de un ego “desazonado”, pues “tropieza con sus límites “en casa propia”. Es decir, tema e imagen alientan misterios y contradicción interna porque, aunque se trata de un reducto egótico, en la pintura “el yono es el amo[10]”.  

Sonnige Stube es, en mi criterio, una obra técnicamente precisa. Se disfrutan sus veladuras, sus capas sutiles y las refinadas pinceladas que insinúan rasgos tridimensionales y materiales diversos. 

Para asegurar los espacios caseros, Hammershøi utiliza una paleta notoriamente contenida. Los grises oscilan entre azules fríos y algunos acentos pardos que se ofrecen cual momentos levemente cálidos. Logra interesantes blancos quebrados con ocres amarillentos y azulados. Para dar peso a ciertas zonas, utiliza tonos marrones y pigmentos negros; suaves unas veces, otras con notable intensidad. 

Vale aquí una figura lingüística: la luz es alma del ambiente; una presencia casi metálica. Sus variaciones, bien moduladas en el conjunto, acentúan el ritmo de las formas tanto como los rasgos arquitectónicos de la composición general. 

Atención particular merecen los llamados espacios negativos: zonas vacías que no deben ser consideradas solamente como planos secundarios o posteriores. El pintor les encarga una función análoga a la que un dramaturgo confiere a sus protagonistas. Las paredes desnudas prefiguran el silencio visual[11]; y esa también me parece una función del suelo despejado que se aprecia en la obra. 

Ese cuadro nos detiene por varios minutos. El Señor Dix y yo lo disfrutamos. 

No sin ánimo profesional, y antes de continuar por los pasillos de la galería, sugiero al Señor Dix un lema filosófico: esa luz-alma que habita en la Sonnige Stube atestigua el tiempo con mirada parmenídea. 

Die Sünde, una mirada que muerde

Die Sünde, versión en la Alte Nationalgalerie de Berlín (88×52,5 cm)[12]

Tras disfrutar del regalo artístico de Hammershøi, el Señor Dix y yo caminamos hacia otra sala. Él se adelanta; yo soy atrapado por El pecado (Die Sünde) de Franz von Stuck[13]

La mujer que habita en ese cuadro está acompañada por una serpiente. Es Eva, seguramente; aunque dada la imagen ante nosotros, el título tiene connotaciones más complejas. Merece atención el marco dorado de este cuadro. V. Stuck no intenta aportar a la pintura un motivo ornamental, v. Stuck diseña ese marco para que funja como una especie de tabernáculo y, a la vez, para acreditar el concepto de que el arte debe ser total.

En Die Sünde, Franz von Stuck transforma el tradicional motivo edénico de la tentación en una imagen autónoma, casi ofensiva en el contexto de su época. Su simbolismo[14] no ha de entenderse como pura denotación del pecado original bíblico. 

Eva se une a la serpiente. La escena parece una condensación visual de temas como la seducción, el deseo, la culpa y la fatalidad; remite, demás, al lado oscuro de ciertos mitos. Asume como algo natural un tema que la tradición religiosa ha disimulado o censurado por siglos: el poder femenino. 

Tales preocupaciones temáticas ya ocupan a v. Stuck antes de concebir  Die Sünde[15]. Mucho antes de pintar ese pecado, se evidencian en sus versiones pictóricas de Salomé[16] y de Medusa. 

Von Stuck desplaza el relato religioso hacia una psico-visión simbólica, característica del fin de siglo europeo. Con autores como Gibson (2006) y  Kohn (1987), pienso que en Die Sünde él reclama una autonomía parcial del tema religioso: la Caída. Pero, allende la tradición, el lo hace para dar valor positivo a lo inaudito, a la seducción, la culpa y el deseo[17] que ya habitan en su Salomé. 

Arriba: Salomé (versión en Dresde: óleo sobre madera: 45,7 × 24,7 cm).

Abajo: Salomé (versión en Múnich: óleo sobre lienzo: 114,5 x 92 cm)

En Die Sünde, v. Stuck retoma el motivo edénico de la tentación. Pero, si bien la obra está reconocida como iconografía dedicada a la Caída. Von Stuck trastoca la versión tradicional de Eva; en su lugar pinta un arquetipo de la tentación y del pecado. 

Es decir, el pintor no trata  de representar simple y literalmente el episodio bíblico. Esa mujer no solo es la Eva del Paraíso; quizá ni siquiera deba ser vista como una víctima original de la tentación maligna; v. Stuck enriquece visión tan estrecha y tendenciosa como esa.

Mujer y reptil miran al espectador. Son provocativas, amenazantes. El artista engendra tal imagen entre 1891 y 1892; la modifica, le dedica bocetos, estudios preparatorios, aguafuertes. Se conocen doce versiones terminadas al óleo y una elaborada con la técnica de pasteles en grisalla[18].

Die Sinnlichkeit[19] (La sensibilidad, 21 x 17 cm)

En 1893 pinta la versión primera, que se conserva en la Neue Pinakothek de Munich. En la galería berlinesa hay otra, datada en 1912[20]

Dada la brevedad de este comentario, invito al lector a investigar sobre cada versión, su propósito específico, su situación actual. Sugiero atender a su contexto histórico; también a la obsesión de v. Stuck por el tema, y así dar una un repaso a sus técnicas, tanto como a la influencia de su legado.

Imposible resultaría la pretensión de dedicar espacio aquí a tantos detalles. Por eso evoco, únicamente, cuatro digresiones abiertas en conversación con el Señor Dix, durante nuestra visita a la Alte Nationalgalerie de Berlin. Ninguna parecerá definitiva; menos aún terminada. Tómelas el lector apenas cual llamados a la reflexión; convites para disfrutar de ese festín estético.

Primera: el tema del cuadro parece obsesionar al artista. Él parece entender, como los psicoanalistas modernos, que “sondear la contradicción es la única forma de domarla” (Gomez, 1981, 15). Por eso, quizá, serpientes y miradas terribles también se hallan en otras obras suyas. Das Medusenhaupt (La cabeza de Medusa: 26,5 x 32,5 cm.) del año 1892[21] es, como la referida Salomé, un buen ejemplo.

Fiel al simbolismo, esa Medusa vincula lo femenino a fuerzas telúricas e inconscientes. El pintor le confiere un magnetismo que, un año después, redefine en Die Sünde con recursos diversos, entre los que destaca esa mirada frontal, que desafia y petrifica. Parafraseando a Lo Feudo (2026), podría decirse que en esa obra “prima el deseo […] antes que una integración de su conducta con las normas del contexto”.

Segunda: a diferencia de la Eva que el medioevo retrataba cual víctima del engaño demoniaco[22], la de este cuadro no se deja estafar por la ominosa sierpe. Figura, al contrario, como su aliada. Así reta v. Stuck a moralidad de la época. También impone al espectador de ayer y de hoy una intención que rebasa los límites del deseo sexual. Revaloriza también lo siniestro[23], asume dominio sobre hombres, ideologías e iglesias. 

Tercera: exentos de violencia o temor, en Die Sünde las protagonistas, más que unirse en amistad, se funden esencialmente. La sierpe se retuerce cual manto protector; la humana femineidad transmuta su identidad con la del ofidio. Potencia así Franz v. Stuck el significado vernáculo atribuido a la mujer fatal

Cuarta: ninguna de ellas baja los ojos. Ambas organizan y ostentan su piel en el cuadro cual desnudez esencial, apasionante, retadora. Ellas se imponen al espectador como un pecado visual ineludible; lo retan, lo convierten en su presa. Más que un templo de la perversidad, esa pintura es un arma; acaso hoy podría servir como estandarte.

Mucho ha sido dicho y escrito sobre esa pintura. Nada extraño, pues convoca en sus predios, cuando menos, a la tradición bíblica, a la mitología, al erotismo, a la psicología profunda y al simbolismo fin-de-siècle. Su ambigüedad moral se funde con su vigencia; y con la fascinación que ejerce sobre historiadores del arte, psicólogos, filósofos y todo tipo de espectadores.

Tras la ceremonia de ese cuadro, me uno al Señor Dix, para continuar el recorrido por la galería.

Antes de dar un paso hacia adelante, muestro al lector un magnífico autorretrato de Franz von Stuck. También se encuentra en la Alte Nationalgalerie de Berlín. Aquí finalizo esta breve disquisición sobre legados de Franz von Stuck,  aquel Principe de los Pintores. Tómela el lector cual leve sugerencia.  

Selbstbildnis im Atelier (Autorretrato en el estudio: 72,5 x 76 cm)

Un pie verdaderamente hediondo

El Señor Dix y yo tenemos suerte, Der Fuß des Künstlers (El pie del artista) ha sido colgado en una sala de la galería[24]. Es una obra de Menzel, cuya fama entre los pintores alemanes solo se compara con la de David Caspar Friedrich (1774-1840), de quien la Alte Nationalgalerie posee magníficos cuadros, como Der Mönch am Meer (El moge frente al mar)[25]

Der Mönch am Meer (óleo sobre lienzo: 110 x 171 cm)

Adolph von Menzel[26] (1815-1905) es un pintor e ilustrador que, pese a ser autodidacta, alcanza la excelencia como dibujante y pintor. Ha sido considerado como el mejor representante del realismo alemán decimonónico. 

Fotografía de Menzel (tomada hacia 1900[27])

La pintura que aquí refiero es de un pie suyo. La veo atento; medito sobre su valor estético. Concuerdo, en primera instancia con varios autores: Der Fuß des Künstlers (1876) no es un mero estudio anatómico, sino un autorretrato único del realismo alemán.  

Der Fuß des Künstlers (óleo sobre madera: 38,5 x 33, 5 cm)

Según Keisch y Riemann-Reyher (1966) se trata de un autorretrato metonímico e íntimo. De forma análoga, yo entiendo que ese pie desplaza al rostro. Igual captura cierta inmediatez refleja pero irreflexiva(como en el cogito husserliano) del pintor que se mira así mismo. 

Entiendo ahí la doble dimensión fenomenológica de la corporalidad: como vivencia (mi cuerpo para-mi no es ojo, es ese mundo que veo)  y como cuerpo (cuerpo-para-otro). Bien ha explicado Sartre tal distinción. Vivencia: me- vivo-cuerpo (mis ojos, por ejemplo, son solo un punto de referencia respecto al mundo visto). Cuerpo para otro: ese veo en el espejo es cosa (la misma que ven los otros; p. ej.: mis ojos son los globos oculares que todos vemos). 

Con pretensión fenomenológica algo forzada, Michael Fried (2002) sostiene que Menzel no pinta el Yocual reflejo especular,  sino como evidencia corpórea (embodiment) visual, a la vez madura y subjetiva. Propone con ello a una representación pictórica multisensorial y encarnada. Bernhard Maaz (2008), por su parte, entiende el cuadro como un autorretrato honesto, que registra el envejecimiento celular con las venas prominentes, asimétricas. Ambos autores concuerdan en que Menzel desmitifica la concepción del artista que se alienta en su tiempo.  También consideran que Menzel eleva lo orgánico a la categoría de manifiesto estético.

Ninguna otra perspectiva de análisis iguala a la visión que me despierta ese cuadro en el instante. He visto luego, entre muchas, una advertencia de la llamada Inteligencia Artifical (cfr. OpenAI. (2026), según la cual esa pintura remite “al hecho pictórico puro y duro”. Agrega la IA que esa representación podológica cancela “la compasión o la épica, adelantándose al rechazo del patetismo humano que Ortega y Gasset describiría en las vanguardias”[28].

Según tan inteligentes consideraciones de la artificialidad,  Der Fuß des Künstlers solo tiene una pretensión realista, descriptiva. 

Yo veo ahora el cuadro en la memoria y en muchas reproducciones. No puedo estar de acuerdo con tales juicios de la IA. Por eso arriesgo aquí, para terminar estas Disquisición berlinesas, un criterio adverso, a partir de mis observaciones en la galería y de un diálogo edificante con el Señor Dix.

Caminamos con interés hacia el cuadro. El Señor Dix concuerda conmigo: ese pie derecho se opone a la belleza que habita en las demás obras menzelianas que se exponen ese día en el museo. Para empezar, ese cuadro nos parece otro buen ejemplo de la noción psicoanalítica de Das Unheimliche, que ya he referido a propósito de Franz von Stuck. 

No se trata de una cuestión relativa solo al gusto. Tras atestiguar obras de Menzel como Das Eisenwalzwerk (1872 y 1875) –también citada al principio de estas disquisiciones–  el espectador se ve sorprendido por ese pie, por su método pictórico e imaginario y, en general,  por su propuesta estética.

Confirma nuestro enfoque el hecho de que Der Fuß des Künstlers está considerado como un autorretrato; y que su talante es único en el realismo alemán[29]. Pese a ello alguno pensará, seguramente, en que se trata solo de un divertimento, una especie de lapsus pictórico; un antojo del momento para mostrar el sesentón pie derecho desnudo del pintor. 

No es cierto; ni siquiera es, a consecuencia, un razonamiento sostenible. Yo veo ahí, más que una descripción cientificista, una ofensa visual intencionada. Es brillante, atiborrada de implicaciones puramente técnicas, pero también estéticas e incluso morales. 

Según entiendo, ese cuadro tiene dotes de manifiesto. Por eso –con mi ya confesa intuición egoísta– apuntaría brillantez a la curaduría del museo, por  incorporar al guion ese ejemplo de crudeza anatómica, donde Menzel confiere estatuto de belleza a la fealdad. 

Con esa obra, Menzel se adelanta a las poéticas de la deshumanización y a las vanguardias expresionistas que surgen varias décadas después[30]. Con Herra (2015, 61) podría afirmar que, en Der Fuß des Künstlers, su fantasía descriptiva funciona cual “reverso de la represión” estilística e incluso conceptual de su época. Ciertamente, el pintor se aleja (estilística, técnica, conceptual) de la idealizada efigie realista de su tiempo, para arrojar al espectador sobre lo feo y lo hediondo.

El modelo de ese cuadro no es lindo; eso es fácil de atestiguar y no insistiré en ello. Lo difícil es ver que ese pie, más que una fuente o resultado de la hediondez, ha de considerarse como una representaciónde esencia

Mi opinión en eso está sesgada; la propongo solo como posibilidad, aunque seguir sus veredas podría resultar estimulante para el lector. No ha de darme la razón, agradezco también las opiniones en contrario.

El pie Menzel me ha recordado una idea de Husserl; también la versión sartreana de su fenomenología. 

Para ejemplificar ese método y su trasfondo, remito a las descripciones que Husserl hace de un limón. Él modifica mentalmente las propiedades accidentales de la fruta: amarillo matizado y brillante, forma, acidez. Imagina variantes posibles: limón morado, azul, negro, para mostrar que tales variaciones pueden alterar de tal forma lo percibido, que el limón deja de ser lo que es. Si bien acepta que un matiz exacto de amarillo no es necesario para que el limón exista físicamente, el concepto universal de color y el de extensión que lo implican sí son invariables y esenciales para que ese fruto tenga sentido en la percepción.

Más radical y coherente es J-P Sartre al respecto, cuando afirma que toda cualidad es “el ser del esto”. Frente al prejuicio naturalista de las cualidades consideradas como atributos adventicios; Sartre (1966, 251-252) opone una consideración muy sugestiva: ese aroma que percibo en la cocina “es ya un ser-aroma”; y así la luz que ilumina de amanecer mis ojos “es ya ser-luz”. Entiendo en tal sentido, al ver Der Fuß des Künstlers, que la hediondez está integralmente extendida en la invocación podológica de Menzel. 

Entre otras posibilidades interpretativas, ese pie pintado me sugiere tal intuición fenomenológica. Aunque la pintura nos parece un tema óptico es, en primer término (ontológico) un fenómeno imaginario: no vemos pigmentos sobre lienzo, miramos el pie del viejo

La fidelidad visual[31] activa tanto al pie representado como a sus cualidades. Por eso, nuestra conciencia de cuadro implica una co-presentación apercepción analógica de rasgos no visuales. En sus datos se filtra la esencia olfativa. Las texturas visuales de un pie viejo, deformado por los zapatos de la época y capturado en la posible intimidad de una cama, arrastran consigo un hedor; lo transpirado como una liberación esencial del fenómeno.

El cuadro se ofrece cual colección de datos cromáticos, con una morfología cruda, pinceladas casi brutales, tonos amarillentos y violáceos, callos, piel endurecida. Se presumen problemas de circulación, deformidades anatómicas. Las comisuras de las uñas están marcadas severamente, y un acento hiperrealista de venas o arterias resulta abrumador. 

Las cualidades visualmente representadas determinan, en cierta forma, la posición receptiva de quien está frente al cuadro. El Señor Dix ve detalles que, en el momento, yo no percibo o que atiendo apenas de soslayo. Él conoce mejor que yo la vida e intenciones de aquel pìntor; sus comentarios enriquecen mi percepción de esa obra. Todo lo que ambos vemos e interpretamos, pese a las diferencias de enfoque, remite esencialmente a lo mismo: ese pie pintado ahí.

Resulta evidente que si ambos pretendemos una contemplación estética desinteresada, podemos suspender juicio sobre la repulsión física generada por el pie, para admirar la maestría técnica de Menzel, su originalidad, e incluso la ruptura ideológica de esa obra frente a las convenciones del retrato que imperan en su tiempo.

Pero, si analizamos el presunto desinterés realista, debemos admitir que la cualidad del acto perceptivo supera cualquier pretensión realista. Esa obra, como todas, se encuentra poseída por un carácter ponente. Es decir, el acto intencional del visitante es incomprensible sin su complicidad imaginaria y sin el acervo vivencial que la determina. Con otras palabras: frente a Der Fuß des Künstlers afirmamos –antes de pensarla– la crudeza del objeto-pie, su pertenencia a un cuerpo decrépito, a un anciano; y, con ello la hediondez imaginaria y así la sensación de rechazo o de asco.

La representación es, ciertamente, solo un intermediario visual. Algo  pobre en relación con el acto perceptivo que sirve a Menzel para construir el cuadro (analogon imaginario). Nada nuevo; tanto realistas como idealistas saben que la imagen, pese a ser carencial en comparación con lo percibido[32] remite al igual que aquella a la misma fuente: el pie. 

En esa pintura, tal evidencia remite a otra: la fidelidad anatómica conseguida por Menzel con sus trebejos de pintor constituye per se una toma de posición. Conlleva, cual co-presentación o apercepciónanalógica, el dato olfativo que, con solo verla, yo he reconocido en ella. 

Si adoptamos una cualidad de contemplación estética desinteresada, suspendemos la repulsión física para admirar, tanto la maestría técnica de Menzel, como su planteamiento estético, su ruptura con las convenciones.

Pero, si la cualidad de nuestro acto intencional es de asentimiento empírico ordinario, la cualidad puede remitirnos a la crudeza del objeto, desatando una sensación asco.

Este ejercicio de reconocimiento puede ser tomado como un antojo filosófico. Pero es válido, porque frente a ese lienzo lleno de pinceladas, la materia intencional del visitante se activa pre-refexivamente, para dotar de sentido a la imagen. Por eso, la hediondez no aparece como un juicio lógico posterior a la percepción, sino como parte esencial del fenómeno: hemos percibido un objeto que idealmente huele a carne y vejez. 

Mirar las obras de un museo con tal método puede resultar estimulante. Con adaptaciones originales del mismo, el costarricense R. Á. Herra ha mostrado cómo la conciencia configura el sentido de lo feo, de lo grotesco o de lo repulsivo, para incorporarlo en las geografías de lo bello.

Tras ofrecer al lector esa vía interpretativa, termino esta disquisición asegurando una idea prolija que, según creo, mucho de atinente ha de tener para el filósofo y para el crítico de arte: la cualidad determina nuestra posición ante el cuadro. 

Todo fenómeno remite a sus apariciones, así que el cuadro soportará tantas interpretaciones como se produzcan en cada época. Acaso el valor estético que se le atribuya con el paso del tiempo sea tan relativo como los principios morales y los del buen sentido. Por eso, no ha de subestimarse, entre otras cosas,  la certeza de que el gusto está lleno de malas intenciones.

Corolario brevísimo

Visitar un museo es estimulante, pero también agotador. Conviene evitar el ansia turística, que suele ser superficial. Sugiero dar primero una caminata por las galerías; seleccionar áreas de interés, disfrutar de lo inmediato. Luego se definen visitas consecutivas y propósitos específicos, como los que nos han permitido, al Señor Dix y a mi, disfrutar de las obras aquí comentadas. Apuntes y recuerdos sirven luego para organizar las impresiones, habilitar la reflexión, afinar las aristas del gusto estético y hasta escribir una memoria. 

Fuentes consultadas

Alte National Galerie. Die Sünde, en https://smb.museum-digital.de/object/273931

Alte Nationalgalerie, Staatliche Museen zu Berlin: Menzel, A. von. (1876). Der Fuß des Künstlers [El pie del artista; óleo sobre madera]., Berlín, Alemania.

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_________(1966) El ser y la nada (trd. J. Valmar). Losada.

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[1] Ciertamente, dedico referencias a otras; pero solo para acentuar o ejemplificar algún aspecto de las tres elegidas en principio.

[2] El trabajo curatorial merece un reconocimiento equivalente al que reciben otras formas de creación cultural. No extiendo reflexiones al tema en esta columna; pero atiendo a su definición, implicaciones e importancia en un libro colectivo sobre tópicos de lo imaginario, el arte y la estética con mis colegas, la Dra. Marjorie Ávila y el Dr. Roberto Castillo. Baste aquí indicar que el producto de la curaduría no está dirigido a describir un objeto singular, sino a proponer una especie de arquitectura significativa. Si la obra artística crea formas sensibles, la curaduría crea contextos de inteligibilidad. En muchos casos, esos contextos resultan indispensables para que un legado individual despliegue plenamente su potencial estético; o al menos para presentarlo de forma adecuada y para facilitar su comprensión.

[3] Wilhelm Hammershøi vive en la Copenhague burguesa y protestante de fines del siglo XIX. Mientras otros artista europeos celebran logros diversos de la industrialización, del espectáculo urbano y de la modernidad prototecnológica, él pinta cierta interioridad personalizada cual espacios arquitectónicos; así también una especie de silencio o de lentitud contemplativa. Sus espacios parecen asociarse con la introspección o el aislamiento; también con la temporalidad y con una sensibilidad espiritual que ya Kierkegaard había legado al contexto cultural danés.

[4] Este Selvportræt (1895) está en el Statens Museum for Kunst de Copenhague.

[5] Como bien han de saber filósofos y críticos de arte, este es un modo de ver y analizar la obra ; pero a tal enfoque pueden oponerse otros.  Por ejemplo, se podría apreciar la pintura con una  visión objetivista, que solo atienda a descripción visual de la estancia per se. Tal interpretación podría llevarse al extremo y convertirse en una labor más pretensiosa que acertada. Yo prefiero transgredir tal ambición de objetividad –también de lógica estricta– para afirmar que, al par de una referencia sobre los otros, las atmósferas de Hammershøi incluyen una especie de suspensión temporal que raya en la intimidad. 

[6] Se habla de ausencia connotativa cuando la carencia de un elemento en la obra cobra, paradójicamente, un significado profundo y deliberado. Esa ausencia no debe confundirse con un vacío accidental; sino como una omisión planeada para que el espectador tenga que descifrar lo que falta.

[7] Podría ser fecunda una labor comparativa entre las vivencias subjetivas del aislamiento kierkegaardiano y las de Hammershøi en obras como esta, o en aquellas donde una hay mujer de espaldas en el corredor.

[8] Ciertamente, en Hammershøi la ausencia se vuelve activa. Los objetos no dejan de funcionar como utilidades cotidianas; pero también adquieren cierto espesor significativo que yo apodaría ontológico. Las habitaciones parecen guardar silencio a propósito, esperar, recordar o insinuar una temporalidad suspendida. Como proyecto artístico, esta pintura tematiza la existencia humana; incluso cuando nadie aparece en la escena. No se confunda eso una especie de misticismo heideggeriano del ser. Mas pareciera que la arquitectura doméstica de Hammershøi transforma la estancia en un paisaje psicológico.

[9] Hammershøi trastoca lo familiar en algo alienado o ajeno, evidentemente enigmático e incluso amenazante. En su obra, lo siniestro –en sentido Freudiano– no se revela como algo explícitamente monstruoso o deforme, sino como alteración de lo íntimo, de lo familiar (es decir, del yo en contexto). Incluye una especie permanencia en el recuerdo y a una especie de amenaza de lo que permanece oculto (lo inconsciente reprimido) y afecta la voluntad tanto como la seguridad del sí mismo..

[10] La célebre frase “el yo no es amo en su propia casa” no aparece en el ensayo Lo siniestro (Das Unheimliche, de 1919), sino en Una dificultad del psicoanálisis (Eine Schwierigkeit der Psychoanalysecfr. https://freud-online.de/Texte/PDF/freud_werke_bd12.pdf)

[11] No disculparé tal lenguaje, al que Wittgenstein y sus acólitos opondrían, seguramente,  razonamientos muy sesudos. Tal fórmula lingüística apela a una comprensión (no digo intelección) que todos tienen y que trasciende aquello que suele denominarse sentido común, aunque no necesariamente es metafísica. Mi abuela y sus amigas del barrio llamaban fisga a esa comprensión; le sumaban cierra capacidad para leer el significado de imágenes, gestos, actitudes.  Acaso para leer una obra de arte o disfrutar de una pintura se requiere algo así. Por dicha, contra esa ideología de Wittgenstein, Russell ha dejado herencia interesantísima en sus obras (las que llegaron a conocerse como azules) sobre ética, sexualidad, religión y cultura. Esa forma de comprender es necesaria. Inclúyase la diferencia entre comprender y entender que se halla en filósofos como Sartre y Gadamer; pero que también se encuentra en formas contemporáneas del habla en idiomas como el español y el alemán. A veces  –y no solo en relación con el arte– esas formas son humanamente pertinentes, pese a sus detractores. Si los positivistas lógicos pudieran ejercer tiranía en contrario, su cruzada lingüística procuraría decapitar la metáfora y condenar a la hoguera casi toda la literatura de valor universal, solo para asegurarse de que nadie confunda un poema con una proposición científica.

[12] Incluido el marco, las medidas son: 115 x 80 cm. la versión que se halla en la galería berlinesa data de 1912. Es más alargada que la primera versión, también pintada por Franz von Stuck en 1893. 

[13] Franz von Stuck (1863–1928), apodado Malerfürst (Príncipe del arte) es un representante destacado del simbolismo y del Jugendstill o Art Noveau. Cultiva la pintura, la escultura y la arquitectura bajo el criterio vanguardista de que la obra de arte debe ser total. Por eso, varias versiones de Die Sünde (como la que se encuentra en la galería berlinesa, cuya reproducción se ofrece arriba) cuentan con un marco dorado basado en diseños del artista. El de esta pintura tiene un edículo con columnas estriadas a derecha e izquierda. El título de la obra aparece en letras grandes y claramente grabadas en la parte inferior: DIE SVNDE. V. Stuck usa la V romana en lugar de ü como  un recurso simbólico para dar monumentalidad al pecado. El dorado del marco exterior contrasta con el oscuro lienzo, lo encierra. Es la ventana maciza y sagrada que él propone para mostrar una verdad prohibida y peligrosa a la vez. Vincula así la idea ya referida de que el arte total debe combinar integralmente múltiples disciplinas, técnicas e incluso temas. En su caso, esos temas se extienden (en este y otros cuadros) desde lo psicológico y lo mitológico hasta el erotismo y los tópicos bíblicos. La fastuosa residencia del artista –hoy Museum Villa Stuck (Prinzregentenstraße 60, 81675 München)– se corresponde también con esa visión general. 

[14] El simbolismo es una corriente artística y literaria de finales del siglo XIX. Surge en Francia y en Bélgica, como reacción contra el materialismo y el denominado naturalismo objetivo. Franz von Stuck y demás seguidores de esa tendencia procuran descifrar, representar reconstruir misterios mundanos mediante lo onírico, las emociones, los mitos y la espiritualidad.

[15] Otros representantes del simbolismo exploraron temas como esos. Tres ejemplos destacados: Gustave Moreau, Odilon Redon y Arnold Böcklin. Pero Stuck es, seguramente, quien con mayor insistencia e intensidad aborda el motivo erótico-femenino.

[16] Se muestran aquí dos versiones; ambas de 1906. La primera es un óleo sobre madera; formó parte de la colección que se exhibía en la Galerie Neue Meister de Dresde, entre 1953 y 1991; pero que en 1991 fue restituida a sus viejos propietarios. Tras la reunificación alemana, esa pieza fue restituida a su propietario privado en el, marco de las revisiones de propiedad de muchas obras conservadas en instituciones de la antigua República Democrática Alemana. No encuentro información que me permita revelar la identidad de los coleccionistas, ni que me permita vincular tal restitución con las acciones institucionales en contra del expolio nazi. La segunda versión que se muestra aquí esta en Múnich.  En ese cuadro, Salomé está más cerca del espectador. Arriesgo la idea de que la pretensión simbologista de v. Stuck consiste en dar énfasis al tema de la femme fatale. Eso permite enlazar mejor su propósito con el que prima en Die Sünde, e incluso en la Cabeza de Medusa, que aquí se muestra más adelante. 

[17] Cfr. Gibson, M. (2006).; Kohn (1962). Sobre el tema, me han recomendado otro texto de Vos: Franz von Stuck 1863-1928; forma parte de un catálogo agotado, de gran calidad, por lo cual se considera obra de colección y que difícilmente se consigue. Dejo aquí el dato, por si un lector interesado encuentra dicha publicación.

[18] Uso de pigmentos secos (como las conocidas tizas) en una escala restringida de grises, blancos y negros para modelar volúmenes, así como la atmósfera difusa, suave y misteriosa que caracteriza su simbolismo.

[19] Aguafuerte/grabado a punta fuerte. Se encuentra fechada así: 1889 o 1891, dado el periodo que va desde la creación de la matriz original (1889) a la impresión de varios tirajes y pruebas de estado firmadas (hasta 1891). La impresión que aquí se reproduce se encuentra en el Museo Británico (Great Russell Street, London).

[20] Ni iniciaré aquí una discusión sobre la originalidad del artista que se copia a sí mismo. Ese tópico merece otra columna.

[21] Obra realizada con las técnicas de pasteles y tiza sobre cartón. Actualmente se halla en la Stätlische Galerie im Lenbachhaus (Luisenstraße 33, 80333 München).

[22] La iconografía medieval abunda en imágenes de la serpiente demoníaca  tentando y engañando a Eva. La sierpe suele ser representada cual entidad femenina, para consolidar un prejuicio espantoso que, como bien ha documentado G. R. Quaife (1989), atraviesa varios siglos: el origen del pecado y la seducción es femineum opus. Ejemplos pictóricos destacados: pinturas de las catacumbas (s.III-IV d.C.), Avori salernitani (Los Marfiles de Salerno; s, XI-XII d.C.);  La Puerta del Paraíso de Willigelmo en Módena (s. XII d.C.); Biblia Pauperum (s. XIII-XV d. C.). y en los Manuscritos Iluminados (siglos XIII-XV).  A partir de siglo XII, las pinturas de la demoniaca serpiente aparecen con cabeza y torso de mujer; a veces le atribuyen rasgos físicos semejantes a los de Eva. Otros ejemplos se encuentran en obras como El libro de la horas (s. XIV-XV) y Los beatos de Liévana, así como en escritos hebreos, como llamado  Mishné Torá de Kaufmann (s.XIII). En un periodo inicial del Renacimiento el demonio tentador se aparece con cabeza de mujer joven y hermosa. Lucas Cranach el Viejo y sus discípulos produjeron muchas imágenes de esa calaña.

[23] No he encontrado un estudio psicoanalítico dedicado exclusivamente a Franz von Stuck; de carácter canónico y comparable con los realizados por Freud sobre Leonardo y Miguel Ángel o el texto de Lacan sobre Dalí (cfr. Baur, 2010). Sin embargo, la reiteración del motivo de Die Sünde permitiría desarrollar interpretaciones de la obra de v. Stuck al tenor de lo que Dieter Wyss (1961) entiende como psicología profunda.

[24] La Alte Nationalgalerie de Berlín cuenta con una amplia colección de obras de Menzel. No se exhiben completa de una vez, sino que se turnan en grupo.

[25] No comento aquí obra de ese pintor. Probablemente, más adelantes dedique a él una de estas columnas.

[26] Ennoblecido en 1898 con el título nobiliario que se denota con el von, el cual se agrega de previo al apellido. El emperador Wihlhelm II formaliza tal honor con la Orden del ´Águila Negra, que es la mayor distinción concedida en la Prusia de entonces.

[27] Esta foto atrapa a Menzel en su taller berlinés, pero no registra autoría. Estar de pie junto al mobiliario evidencia su reducida estatura (aproximadamente 1,4 m).

[28] Dada su obra La deshumanización del arte,  Ortega y Gasset merece una eventual columna en esta página Web.

[29] Menzel también dibuja y pinta su mano

[30] Se sabe que, a diferencia de los academicistas, Menzel contrariaba el idealismo imperante en la representación corporal de su tiempo. Por eso, sus bocetos y dibujos muestran crudamente las arrugas, la piel avejentada, las deformidades e incluso la vejez. Se trasunta en esos papeles una crudeza que más adelante ocupa a pintores expresionistas como Egon Schiele (1890-1918) o Max Beckmann (1884-1950).

[31] Sartre utiliza, en Lo imaginario, el término analogon. Me parece acertado pero, para evitar una extensa digresión filosófica, uso aquí el término menos ambicioso de representación

[32] Tema fascinante y viejo: la riqueza de lo imaginario frente a lo real y viceversa.

DISQUISICIONES BERLINESAS (Segunda Parte)*

*Álvaro Zamora

I. Las princesas, un legado de la ausencia y el pie de un pintor

La Alte Nationalgalerie impone solemnidad. Escalinatas abiertas hacia el primer nivel y hacia la izquierda. La blancura dominante impone imaginaria extensión hacia adelante y hacia arriba. El contraste rojizo de las alfombras acentúa tal efecto arquitectónico.

Apenas ahí, frente a las escalinatas de la entrada, resulta evidente una limitación de los turistas: el tiempo. Ese lugar, como otros museos, no podría ser auscultado en una sola visita. Quien apenas disponga de una hora, podrá estar satisfecho si consigue degustar lo del primer pasillo o lo expuesto en la sala contigua. Aquel día que origina estas disquisiciones, el Señor Dix y yo visitamos el primer nivel de la galería. Dedicamos atención particular a tres obras cuyo comentario ha de ser tomado como una disquisición continua, aunque debido al espacio, se completa en tres entregas consecutivas. 

Al crítico compete una labor extensa; levemente ingrata, quizá, pero necesaria en más de un sentido. Lo que aquí me ocupa puede parecer más cerca de los que se estima como divertimento instruido, esto es, tendencioso, que como pretensión de objetividad o labor propiamente exegética. Aún menos la ofrezco cual búsqueda de aquellas razones universalizantes y apodícticas que negó Kant a la estética en su momento. Entiéndase pues, entre este andamiaje de palabras, la invitación para disfrutar de nuevo con temas del arte.

Las princesas

En el corredor inicial, dispuesto arquitectónicamente de forma transversal, hay dispuestas varias estatuas. Ahí iniciamos nuestro recorrido. El Señor Dix llama la atención sobre el Monumento a las princesas(Prinzessinnen-Denkmal), también conocido como Grupo de las Princesas (Prinzessinnengruppe). Recuerda que su autor, Johann Gottfried Schadow (1764-1850), hizo dos versiones de la obra. La de yeso, restaurada, se encuentra en la Iglesia de Friedrichswerder, construida entre 1824 y 1830, según diseño del arquitecto Karl Friedrich Schinkel. En la Alte Nationalgalerie se exhibe la versión en mármol aquí referida.  

Obras de arte como esa mezclan, desde antaño, la ideología con la historia y con la ficción. 

Esas princesas remiten al neoclásico alemán (siglos XVII-XVIII) un movimiento caracterizado, principalmente, por reinterpretar la idealización figurativa y el equilibrio formal grecorromano. 

Schadow asume en esa obra el llamado bulto redondo (tridimensionalidad), para que todo ángulo de la obra motive el interés perceptivo[1].

El ideal de cuño grecorromano remite a la idealización de situaciones. En esta obra, las jóvenes han sido dispuestas para insinuar cercanía afectiva. Schadow se ocupa tanto en ello, que las expresiones faciales de las jóvenes me parecen más propias del Romanticismo que del Neoclásico. 

No obstante, creo que lo más singular en este caso no es que Schadow haya trasvasado recursos expresivos de una tendencia en la otra[2]. A lo largo de del arte occidental, muchos como él han sabido producir esculturas cargadas de tensión psicológica y, a la vez, dotadas formalmente de lo que puede calificarse con la expresión delicadeza contemplativa[3].

En favor de tal impresión, acojo en mi fuero explicaciones del Señor Dix, cuando evoca, entre las anécdotas que enriquecen el legado cultural de aquel mármol blanco, la ola de chismes e infundios que edifica su época en contra de aquellas princesas marmóreas.  Si refiriera comentarios de tal orden o mi gusto por aquella obra, caería probablemente en divagaciones egoístas.  Prefiero aquí tocar [4] la escultura de forma menos íntima.

Retenga el lector esta idea: el Prinzessinnengruppe ocupa un lugar singular en la historia del arte alemán y europeo en general, por la manera en que transforma cierto encargo cortesano en la representación acertada de un Leitmotiv humanista propio del siglo XVIII. Por eso, dicha pieza escultórica no puede ser tomada como exaltación del poder dinástico, sino como un legado humanístico.

 Al hábito reverencial del arte cortesano, Schadow opone una intención que –según comparto con el Señor Dix y con muchos analistas– se desplaza desde una complacencia ante la jerarquía del representado, hasta ideales que serán propios de la Ilustración. Quizá también se acerca a lo que puede considerarse como la germinación del humanismo moderno. Tales ideales[5]son: valoración del individuo como tal, naturalidad emocional, armonía entre los criterios formales clásicos y la observación realista, intento de conceder dignidad universal a lo específicamente humano.

Con otras palabras: si bien Schadow debe esculpir esa pieza en una encrucijada histórica donde se consolida la monarquía prusiana, él decide transgredir las convenciones del retrato oficial coetáneo[6]. Ahí, según creo, se halla el aspecto verdaderamente innovador de la obra. 

El escultor sustituye la elegía del poder con una representación humanística de dos jóvenes unidas fraternalmente. En otras palabras, las princesas no aparecen como símbolos abstractos de autoridad, sino como seres humanos vinculados por una relación personal evidente. Su cercanía física transmite confianza, intimidad y fraternidad. Schadow convierte la convivencia en tema de la obra. Es decir, la dimensión política queda subordinada a una reflexión-escultórica sobre la humanidad compartida.

No ha de extrañar, por eso, que la recepción inicial de aquel conjunto escultórico resulte más polémica que ambivalente. Pronto, la admiración de artistas e intelectuales[7] es opacada por la reacción de Friedrich Wilhelm III[8] y por la de sus cortesanos. Según él, la obra tiene un carácter demasiado humano, o sea, poco majestuoso. Los cortesanos, por su parte, advierten un atrevimiento impropio albergado en aquel mármol.  Para ellos, la obra excede lo atrevido, debido al énfasis vivencial o humanístico que fluye desde ella.

La escultura permanece casi oculta durante muchos años. A finales del s. XIX es rescatada del olvido. La recién fundada Nationalgalerie berlinesa se encarga de ella; la exhibe y valora como una de las cumbres del neoclasicismo alemán.

La composición de esa obra ofrece un equilibrio refinado. Las dos figuras forman una unidad visual, aunque no pierden su individualidad. El contorno anatómico elude la rigidez. A contrapelo de tal costumbre academicista de entonces, Shadow se atreve a ejercitar la observación directa del cuerpo humano. Pero quizá el aspecto más innovador de la obra consiste en sustituir la representación del poder por una especie de relato sobre personas. Las princesas no se presentan cual símbolos abstractos de autoridad, sino como seres humanos vinculados por una relación afectiva.

En otros términos: la cercanía física de ambas figuras transmite confianza, intimidad y fraternidad. Schadow convierte la relación entre hermanas en el verdadero tema de la obra. La dimensión política queda subordinada a una especie de reflexión escultórica sobre la humanidad que las jóvenes representadas, como cualquiera, comparten entre sí.

Esas jóvenes de piedra combinan precisión anatómica con una notable sugerencia táctil. El tratamiento de los pliegues acentúa las rutas corporales femeninas; así también alientan una insinuación cutánea y la sugerencia de movimiento. 

Notable resulta la maestría con que Shadow logra transiciones entre las superficies pulidas y las zonas que, según entiendo, generan atención lumínica. Me ha parecido que ese recurso técnico fomenta una especie de sensación vitalista, con la cual se supera la búsqueda positiva del realismo.

La obra se sitúa así entre el ideal clásico y la sensibilidad romántica. Conserva el equilibrio del neoclasicismo, pero incorpora una intensidad psicológica que anuncia al Romanticismo alemán.

Tras la seducción de aquel mármol, el Señor Dix y yo avanzamos hacia las salas dominadas por los legados pictóricos. No más al inicio, nos detiene Hammershøi. A un cuadro suyo dedico unos minutos pero, por razón de espacio, fluirán desde otra clepsidra, pues esta segunda disquisición se completa en la próxima entrega.


[1] Acaso tal criterio trasciende la intención de ese movimiento. Ólger Villegas, en nuestro medio, insiste en la pertinencia escultórica de brindar la misma atención y belleza a todas las facetas de una escultura.

[2] Lo cual pareciera ser algo relativamente frecuente en la historia del arte, porque es evidente que, en una misma época, tendencias distintas (quizá complementarias) parecen haber estado activas simultáneamente.

[3] Por razones que expondré en otra de estas columnas, evito aquí como en otros escritos la expresión aura, de W. Benjamin.

[4] Entre mis maestros, Ólger Villegas y Roberto Villalobos insistían en que, a diferencia de una pintura, toda escultura debería ser tocada. Aquí podría jugar con esa noción del tocar, interpretarla literalmente, o con ansias análogas a las pretensiones de Gadamer para tocar el sentido de cada obra.

[5] Enumero, pero por razones de espacio y atinencia no explico aquí tales ideales.

[6] Por ejemplo, a diferencia del neoclásico artista italiano  Antonio Canova (1757-1822), considerado a veces como el mejor escultor europeo desde Bernini. Canova busca una belleza idealizada que remite a criterios estéticos de la Antigüedad clásica.

[7] Motivada, seguramente, por su naturalismo.

[8] Federico Guillermo III (1770- 1840); rey de Prusia de 1797 a 1840.

DISQUISIONES BERLINESAS*

Álvaro Zamora

Originadas en diálogos que sostuve, 
en la Alte Nationalgalerie[i] de Berlin, 
con el señor Dix, a quien las dedico

El arte permite lo imposible; muchos lo saben

–un filósofo anciano­–


Resumen

Las disquisiciones que componen esta entrega se originaron en Berlín, cuando visité la Antigua Galería Nacional de dicha ciudad en compañía de mi amigo Ulrich Dix, un intelectual de vocación científica, que enriqueció notablemente mis puntos de vista como filósofo y crítico de arte. He dividido en dos partes este escrito. La primera parte ofrece una introducción y dos disquisiciones que atañen al crítico de arte y entrelazan el gusto con la lógica e incluso con la tecnología. Las disquisiciones de la segunda parte se originan en varios diálogos que el señor Dix y yo sostuvimos frente a tres de las obras exhibidas en aquella galería. 

Abstract

The three essays that comprise this installment originated in Berlin, when I visited The reflections that comprise this piece originated in Berlin, when I visited the Old National Gallery there in the company of my friend Ulrich Dix, an intellectual with a scientific bent, who notably enriched my perspectives as a philosopher and art critic. I have divided this writing into two parts. The first part offers an introduction and two reflections concerning the art critic, intertwining taste with logic and even technology. The reflections in the second part stem from several dialogues that Mr. Dix and I had in front of three of the works exhibited in that gallery.

PRIMERA PARTE

Liminar: esa vocación de caminante

El crítico de arte comparte vocación con los romeros. Suele emprender camino hacia el museo o la galería; viaja para conocer un cuadro, valorar cierta curaduría, distinguir calidades de obras diversas. Acaso vale tal analogía, además, cuando el crítico abre un libro, valora catálogos, ausculta revistas o exhibiciones que habitan en alguna localidad real o en las páginas Web

Acaso un fuero peripatético también alentó, por años, muchas reflexiones del Círculo de Cartago, que brinda espacio a mis comentarios y críticas de arte. 

Esa Galería se encuentra en la llamada Isla de los Museos (Museumsinsel). Se encentra en la Spreeinsel, una isla central de Berlín. El río Spree y varios museos de renombre internacional justifican ese nombre, asociado a la zona en 1918 por la Stiftung Preußischer Kulturbesitz (Fundación del Patrimonio cultural prusiano); aunque ya había sido dedicada al arte y a la ciencia en 1841, por Friedrich Wilhelm IV.

I. Este oficio de mirar

Atesoro aquella vivencia entre las que ratifican esta convicción: el crítico de arte ha de nutrir su juicio en ámbitos de la teoría. Mejor aún, debe afinar su mirada, tanto como sus métodos y sus perspectivas de análisis. 

Una moda filosófica de los años sesentas hubiera podido asociar tal vocación a la conocida idea filosófica de la mirada. Adaptando a la estética tal concepto, podría afirmar que el arte revela la presencia del otro. Un artista se refleja en la obra y, a la vez,  manifiesta valorares y conceptos propios de su época. 

La suya es, seguramente, una visión del mundo entre otras muchas[1]. Se materializa cual paradoja ontológico, es decir, cual objeto imaginario. Pero a la vez como testigo o, como bien advirtiera Sartre, como “soporte de la irrealización”; o sea, una idea que se materializa cual incitación permanente a tomar por real lo representado o, si se prefiere, a apadrinar, como si fuera real, la intención imaginaria del objeto artístico. 

Provocadas e intuidas  así –a la vez visual e intelectualmente– las miradas ofrecidas por los artistas son testimonios de su época. Cohabitan con otros legados artísticos de su tiempo y geografía. También suponen contrastes o avenencias con visiones (escuelas, estilos, técnicas) de otras épocas y de otros lugares. 

En diálogo con el señor Dix, ratifiqué la conveniencia de reflexionar sobre dicha convicción. Se que tal idea también ha sido planteada en diversas actividades de análisis y discusión en AICA-Costa Rica.

Oficio arduo es la critica de arte. No se trata solo de leer las pretensiones y las técnicas que habitan en cada obra. Tampoco basta enfrentar, con paso firme, demandas mercantiles muy comunes; de esas que otorgan privilegios espurios a ciertos artistas, aunque carezcan del genio requerido para presentarse como tales. Frente a ellos, todo crítico de arte debería plantar sólidas pautas técnicas, estéticas e históricas. 

Kant buscó criterios de ese talante en su momento, aunque no ejercía esta profesión ni se interesaba en sus propósitos. Su ejemplo puede servir hoy, de cuando en cuando, para distanciarse de las regulaciones comerciales e incluso de algunos atavíos mediáticos con que neófitos, ignaros, políticos o farsantes suelen juzgar, sino promover,  manifestaciones que pueden calificarse como pseudo artísticas.

Quien asume la crítica de arte cual profesión u oficio, ha de saber que las llaves para entrar en predios de la descripción y del razonamiento pueden tener procedencias diversas. Por eso, desde su inicio, asumo en esta columna propósitos peregrinos[2].

Camino sin la seguridad de quienes saben todo. Prefiero mirar a distancia, describir y, armado con método y prudencia, atender a las relaciones planteadas en y por el objeto estético. 

Caminando así, con mirada atenta, pueda otear quizá alguna esencia o sentido del arte; comprender el nudo gordiano de una obra, de un estilo, de una coyuntura. 

Agudo puede parecer el sentido común de algunos pero, como instrumento crítico parece insuficiente. El crítico de arte cuenta con un amplio abanico de posibilidades para dar mejor ánimo y razón a sus miradas.  En la hermenéutica, la semiótica, el psicoanálisis o la fenomenología podrá hallar conceptos y metodologías. Para comprender la complicidad del artista con el entorno social e incluso para evaluar la densidad de su mensaje, también puede recurrir a la sociología del conocimiento, a enfoques históricos, tendencias estructuralistas, marxistas, positivistas, psicológicos, estadísticos, etc. 

Conocer y degustar las técnicas puede ser tan importante como entender la intimidad de un artista o su impacto en la cultura regional y global. El crítico de arte debe oponer sinceridad y lógica al mito, al prejuicio. También ha de enfrentar esa retórica publicitaria con la que algunos marchantes, coleccionistas y escritores conceden valor estético y comercial las falencias de sus representados.

Así el oficio. Conviene admitir probables influencias. Yo reconozco deudas con multitud de textos, historias, diálogos o polémicas con artistas, con sus acólitos y detractores. También agradezco el acompañamiento de amigos versados en arte y, desde luego, el de mis compañeros del Círculo de Cartago y de AICA-Costa Rica. 

Cierto filósofo del que fui alumno advertía que tales estrategias riman bien con la observación y que, a la vez, resultan necesarias para guiar el entendimiento y –no sin esfuerzo– alcanzar la comprensión. Por eso, en parte, voy de museos y galerías como un viajero en tierra extraña, y más veces de las que sospecharía el lego, como penitente. 

II. Un amor y otros pecados

Amar el arte no significa, como creen algunos, fomentar un desprecio por la lógica y menos por la ciencia o la tecnología. Sin ellas, hoy pareciera absurdo el intento de comprender lo bello. Probablemente, se requiera también algo de fe, de esperanza y hasta de metafísica. Caminar así de obra en obra y entre otras voces o criterios puede ser riesgoso y, a la vez, tan gratificante como la visita al museo berlinés que motiva estas disquisiciones. 

La ciencia y la tecnología han ofrecido al arte muchos temas. Aquí solo atiendo a evocaciones de la visita a la Alte Nationalgalerie, como he hecho antes en atención a las catedrales, a las estaciones y a los puentes de Monet; también a los barcos, luces y trenes de Turner[3].

En una de las salas de esa galería, el señor Dix y yo topamos con el Eisenwalzwerk (El laminador de hierro), una compleja pintura de Adolph Menzel. Escena de la Revolución Industrial que de lejos augura, quizá, condiciones de nuestra era tecnológica; aunque está lejos de la vanagloriada superficialidad de Warhol, la de Hirst y la de Koons quienes –con opinión impopular pero bien fundada–podrían ser ubicados más cerca de la estafa estética y del comercio descarado que de un arte certero como el de Menzel.

La ciencia y la tecnología aportan cierta forma de ver una realidad que, como en el caso de Menzel,  puede ser aprovechada –al menos de soslayo– por el artista. Evidente resulta, además, su contribución al arte con materiales nuevos, con formas de socialización de ideas y productos, con un instrumental analítico inmenso, etc. 

Los medios tecnológicos enriquecen el mundo artístico cada día. También obligan al crítico de arte a investigar sus desarrollos, e incluso a familiarizarse con ellos. 

Lo novedoso de la ciencia y la tecnología remite tanto a los medios de producción como a los aspectos constitutivos del fenómeno estético en sí mismo. El Renacimiento contagió con su nueva ciencia a varios artistas; hoy la tecnología aporta materiales e instrumentos, entornos y proyecciones antes insospechables. Si de Costa Rica ha de mencionarse un ejemplo consistente de ello (sin que eso suponga menosprecio de otros) vale la pena volver la mirada sobre las ideas, obra y trayectoria de Alvaro Bracci.  

El impacto general de la ciencia y la tecnología sobre las culturas, que bien supo caracterizar Ladrière en El reto de la racionalidad hace medio siglo,  altera hasta eso que, con un arcaísmo filosófico, podríamos llamar fuero interno del artista. También motiva cambios en su entorno, define aspectos estructurales y la producción de cosas consideradas (por razones diversas) como objetos artísticos. Dada cierta autonomía (real o aparente) de algunos medios actuales para objetivar la creatividad, se ha llegado incluso a pensar que la tecnología puede crear sola, determinar el precio de la creatividad y, en cierta forma, definir valor intrínseco de los objetos artísticos. 

En virtud de tales relaciones y condiciones, muchas obras han sido puestas en el mundo emulando pecados horribles. Un ejemplo es aquel grito salido de Noruega en 1893 para poblar libros y conciencias; aunque yo prefiero lo de la señora Kollwitz. 

Merced a la ciencia y a la tecnología pueden atestiguarse, a distancia pero en todo el orbe, pecados magníficos. Los de Van Gogh[4] pueden invocarse con solo dar un click; eso nos da hoy la tecnología. Así sucede con los de El Bosco, los de Durero o los del desdichado Doré[5]. Hay infinidad de ejemplos; interpretaciones diversas de cada uno; anécdotas y análisis que sobre ellos circulan –también por medios tecnológicos– sin límite de tiempo o de cobertura[6].

En el camino de la crítica se atestiguan otros pecados. Algunos tienen vena filosófica, pues motivan dudas sobre la esencia del arte y sus funciones. Otros tienen que ver con la calidad, la técnica, el entorno social e inclusive con la historia, con la psicología y con otras disciplinas teórico-conceptuales.

En nuestros días pareciera irreversible la influencia de los marchantes y de los influencers sobre la producción artística. Hoy se intensifica, además, la de aquellos que liberan la llamada inteligencia artificial (IA) para que –como sucede en la política partidaria­– un ignaro o un malintencionado proponga como artecualquier cosa a fin de venderla. Lo que se publica al respecto podría ser otro del los pecados que pueden encontrarse en tal encrucijada cultural. 

En diálogo con el señor Dix enlisté estos y otros tópicos que reclaman atención y análisis por parte del crítico y, en general, de quien disfruta del arte. Podré intentar algunos en columnas eventuales, a propósito de otras experiencias en museos, galerías o actividades dedicadas a las artes visuales.[7]

Articulo esos temas a propósito de la referida visita a la Alte Nationalgalerie; aunque ese día el señor Dix y yo dedicamos mayor atención a las obras dispuestas ahí. Dedicaré la segunda parte de estas disquisiciones a tres que motivaron particular atención y diálogo entre nosotros. 


[1] Tanto de otras que habitan en su época como de otras, que compiten de cierta manera con esa en su tiempo y geografía, pero que también supone contrastes o avenencias con visiones (escuelas, estilos, técnicas) de otras épocas.  

[2] Como en mis actividades en AICA y en el Círculo de Cartago.

[3] Cfr. “Arte luces y vapores”, en: Zamora, Á y Coronado, G. (2004) Tecnología, el otro laberinto. Cartago. LUR.

[4] No sin exceso, llamo pecados a tales ejemplos porque su época los arece haberlos visto como tales. He ahí otro tema para tratar eventualmente en esta columna.

[5] Así lo consideraron algunos ya en su época, pese a que su depurada técnica y ese imaginario magnífico que se aglutina en su obra han perdurado a lo largo del tiempo. Hoy podríamos advertir otra forma de su desdicha: la ilustración suele ser considerada por los teóricos como un arte segundario. Habré de dedicar eventualmente una columna de esta serie a tal tema. 

[6] A menos que esa cobertura sea coartada pro algún gobierno u organización represiva o preventiva. 

[7] Espero dedicar una al MOMA, ese museo magnífico donde se alojan obras estupendas y también cuadros que, en mi opinión –menos humilde que razonable– podrían competir con la basura.

Millenium : Espejo de unas vivencias y del arte*

*Álvaro Zamora

[…] ese hurto de imagen, 

esa tentación continua de considerarme otro, 

todo eso hace que la experiencia especular sea

 absolutamente singular, 

en el umbral entre percepción y significación.

–Umberto Eco. De los espejos y otros ensayos

Esta es la tercera y última de tres entregas. La primera (cfr. circulodecartago.org) se refiere al Millenium Park (Chicago), la segunda vuela alrededor de la escultura Cloud Gate dispuesta en él. Esta se concentra en Crown Fountain, otra obra de arte situada en el lugar e incluye reflexiones finales sobre el parque y sobre nosotros.

This is the third and last of three installments (cfr. circulodecartago.org). The first refers to Millenium Park (Chicago), the second flies around the Cloud Gate sculpture arranged there. This third installment focuses on Crown Fountain, another work of art located at the site, and includes final reflections on the park and us.

III. La fuente de los espejos

Un aserto estético parece deambular en el Millenium Park: el arte reinventa lo real e incluso lo que sobre su esencia podamos pensar. Tras ver saciar el hambre imaginario de su inmenso espejo acerado, bajamos lateralmente a un espacio dispuesto a nivel de la calle para atestiguar o reinventar, con mirada y razón propias, la semiosis de otra obra especular: Crown Fountain, un legado artístico que juega con lo real y sus destellos. 

Visión inesperada, intensa; un silencio irreal se apoderó de nosotros. Uno, dos, quizá tres minutos. Pasada esa fascinación inicial acordamos, cual pensadores  románticos[1], que esa fuente humedece la conciencia de forma inesperada; Umberto Eco hubiera podido deleitarse con su opulenta semiosis[2].

La obra es compleja, asombrosa y, sobre todo imperativa. Nos bastó verla a distancia para descubrir tal exigencia. Si se prefiere, esa fuente se impone cual llamamiento, testimonio de nuestra época: obra y lugar saben comprometer al niño que todos llevamos adentro[3] tanto como al teórico del arte o al filósofo. Todavía pienso en la obra como un compromiso humanista que, con aventurado optimismo, rescata amor y juegos en el ambiguo laberinto de la tecnología. Pero también puede ser tomado cual reflejo del poder hegemónico y, con él, de lo contrario. Por eso, quizá, su disfrute ha de incluir una evocación ética y, seguramente, una revaloración de nuestros vínculos y percepciones sobre el mundo.

Un texto largo abundaría en detalles; nuestra descripción apenas podrá eludir la simplicidad extrema: dos paredes rectangulares (15 metros de altura, 7 de ancho) construidas con ladrillos vidriosos y poblados con diodos de luz, que proyectan consecutiva y constantemente vídeos de muchas caras. 

Las paredes se miran frente a frente; están separadas (o unidas) por una larga piscina oscura (15 x 71 m)  sobre la cual caminamos, como en el mito bíblico, sin hundirnos; lo mismo hacían muchos niños y adultos de todos los grupos étnicos o de muchas tendencias sexuales o procedencias que pueden hallarse en la ciudad. La piscina fue construida con un material conocido como granito negro[4], sobre el cual se tendió esa viva lámina de agua que se disfruta como juego de espejos e invitación a un recreo (tan imaginario como real) en terrenos de lo imposible.

Las dos paredes enfrentan entre sí las imágenes de rostros inmensos, reflejados por ellas cual actores de una trama perpleja[5]. De cuando en cuando se arrojan chorros de agua; pero el surtidor no alienta el líquido para que llegue el otro lado, sino apenas para que niños y adultos empapen su alegría de estar ahí. 

Nosotros no habíamos visto nunca una obra de arte interactivo de tal magnitud y prestancia. Vídeo-escultura, arte público: la contemporaneidad retratada en el arte. He ahí otro tema reticular y extenso que fluye en la Crown Fountain. No debemos omitir de su trama tópicos que fácilmente pueden suscitar polémicas. El costo de la obra es uno, así como el tema y su tratamiento. Esa fuente podría motivar discusiones sobre el arte en contextos capitalistas o de otra índole. Por eso, puede tomarse acertadamente cual mojón en geografías de la historia y la filosofía del arte, tanto como en las de la ideología, las de la técnica y la tecnología.

En tal sentido, entendemos que Jaume Plensa[6] –el artista– concibió una obra que fusiona el entretenimiento con el arte. Juzgado con criterios tradicionales, eso podría parecer contradictorio sino absurdo. Recordemos, tan solo como ejemplo, que la utilidad secuestró a grandes técnicos en una especie de purgatorio estético: el de la iluminación de textos o de las estampas religiosas. Para el historiador o el analista del arte, Doré ­–grandioso como pocos– por ser ilustrador[7] no alcanza en dignidad artística a dibujantes ni a grabadores con menos pericia que la suya. Con Aristóteles podríamos decir que Plensa supo amalgamar lo bello con lo útil[8].  He ahí otro tema al que llegamos mientras nos sentamos frente a Crown Fountain. Muchas páginas y discusiones pueden tenderse en sus linderos. 

Aquel rincón del Millenium Park abundaba en sugerencias. Atrapados por la obra no dudamos que, pese a su función social y a los juegos infantiles que en todos suscita, esa fuente es arte verdadero, no una ocurrencia del momento, ­como sucede con lamentable regularidad allá en Chicago y, de cuando en cuando también aquí, en Costa Rica.

Puede afirmarse que Crown Fountain es, en cierta forma, una ilustración de su tiempo, un símbolo; y que se nos presenta como una voz de lo que los nativos del lugar, tanto como nosotros, vivimos en el ahora cotidiano. Por eso, un teórico o un amante de museos reconocerá, en esa fuente, tópicos que distinguen la contemporaneidad artística monumental de aquella que nos legaron los griegos, los romanos, el Renacimiento e incluso el arte que se ha adueñado de espacios públicos en siglos recientes. 

Bien advertía Jean Ladrière, en los años 70s. que la tecnología causa impactos decisivos sobre la cultura. Seguramente,  en sus días una obra como Crown Fountain era inconcebible; pero en presencia suya resulta evidente que no solo su concepción, diseño, tecnología y materiales alteran la visión pretérita del monumento público. Esa creación artística también representa nuevos valores estéticos y éticos[9].

A semejanza de Cloud Gate, la Crown Fountain ofrece tópicos a filósofos de todas las tendencias. Hechos, símbolos y dialéctica conviven con el agua y los muros imaginarios, con los niños que mojan sus pies y las ropas, con el aire habitado de gotitas que empapan, impertinentes,  a todos.  También podremos encontrar ahí temas políticos para todos los bandos y latitudes, para los comentaristas y, ¡claro!, para los críticos del arte. 

Probablemente, el chicaguino reclamará esa fuente como un legado de la cultura popular prohijada específicamente por la enorme metrópoli[10]. Al fin y al cabo, los rostros que se muestran en los muros quizá le pertenecen. Lo cierto, sin embargo, es que esa faena del arte trasciende tal egoísmo: debe ser tomada como símbolo y testimonio artístico de una época.

Mucho resta decir sobre la fuente y sobre el acero redondeado del parque Millenium, también sobre su gente. Texto tan exiguo como el nuestro alcanza apenas cual invitación a una visita virtual o de otra índole, porque hoy –por dicha– la tecnología nos sirve para replantear lo imaginario, ofrecer creaciones como ese parque, como la fuente y aquella maravilla de acero; también nos permite hacer visitas como esta.


[1] Un romántico al estilo de esa tradición filosófico–cultural que concibe la naturaleza como una fuerza viva, una totalidad orgánica determinada y connotada por lo suprasensible. Probablemente, un fenomenólogo tomaría esa misma imagen húmeda con otro sentido, del que encontramos nutridos ejemplos en Sartre y algunos en el mismo Husserl, padre de la fenomenología.

[2] Asumo aquí la sugestiva distinción que Eco establece entre semiosis y semiótica: “La semiosis es el fenómeno […] La semiótica es la reflexión teórica sobre lo que es la semiosis” (ibid. 13). Se trata de una relación ontológica y significativa que, mutatis mutandis, los filósofos atribuimos a la diferencia entre moral y ética o al cogito in-mediato (la intención o para sí) que autores como Husserl y Sartre oponen al cogito reflexivo (de segunda instancia intencional) de Descartes. En su seductor ensayo, Eco advierte y considera de forma brillante la riqueza significativa de los espejos; no obstante, en mi criterio, la riqueza especular de Crown Fountain desborda sus propuestas. El tema podría retomarse para una discusión filosófico-filológica enriquecedora.

[3] Utilizo la expresión sin explicarla, pues probablemente todos la hemos utilizado o al menos escuchado alguna vez. Se trata de otra idea que merece atención eventual en una columna o discusión del Círculo de Cartago. Tiene origen y teorización compleja en corrientes de la psicología profunda pero, afincado en los propósitos de este artículo, solo refiero con el sugestivo lenguaje mass mediático de G. Montalvo (cfr. https://www.chicagotribune.com/2011/01/02/el-nio-interior-marca-al-adulto/):“se refiere a todas las experiencias que tenemos cuando somos pequeños, cuando nos vamos estructurando como personas independientes y aprendemos valores, límites, cómo comportarnos, cómo interactuar con los otros; todo esto nos conforma y nos deja una huella muy importante en esos primeros años de vida”.

[4] En realidad, es diabasa o dolerita.

[5]Caras de chiguaguinos. Jaume Plensa estableció diálogo con varias iglesias, y organizaciones civiles o sociales que, finalmente, recomendaron a los candidatos y candidatas para que sus rostros fueran mostrados en la obra. Las grabaciones comenzaron en el año 2001, tres añoa antes de la inauguración de la obra (cfr. https://elojodelarte.com/turismo/fuente-crown-estados-unidos-las-mil-caras-de-chicago).

[6] Recuérdese que su propuesta superó, en el criterio de la comisión que Lester Crown y familia convocaron para organizar oneroso el proyecto, a reconocidos artistas como Maya Lin y Robert Venturi. 

[7] La ilustración de textos, aunque sea excelsa, suele ser valorada apenas como un arte secundario, sometido al texto o la historia que procura representar. 

[8] Aristóteles distinguía las artes útiles de las bellas artes (he ahí otro tema para justificar un texto filosófico).

[9] Diría, con Ladriére, que es conveniente dedicar jornadas de análisis a dicha tecnología, al conocimiento invertido en la producción de la obra, a los recursos empresariales que intervienen en su construcción; pero también habría que dedicar tiempo a reconocer el impacto de la obra en la concepción del arte y en la valoración de aspectos humanísticos diversos, unos ligados al conocimiento y a las formas en que su desarrollo implica transformaciones del entorno natural y humano; así también las valoraciones morales que sobre el mundo suscita.

[10] De esa fuente no se venden miniaturas como las de Cloud Gate que se consiguen por doquier en la ciudad; he ahí otro tema que puede llevar por caminos interesantes.

Millenium : Espejo de unas vivencias y del arte*

*Álvaro Zamora

II. Una puerta brillante, las nubes, las sensaciones

Esta es la segunda de tres entregas. La primera se refiere al Millenium Park(Chicago), esta segunda vuela alrededor de la escultura Cloud Gate dispuesta en él. La tercera entrega se concentra en Crown Fountain, otra obra de arte situada en el lugar e incluye reflexiones finales sobre el parque y sobre nosotros.

This is the second of three installments. The first (cfr. circulodecartago.org) refers to Millenium Park (Chicago), this second flies around the Cloud Gate sculpture arranged there. The third installment focuses on Crown Fountain, another work of art located at the site, and includes final reflections on the park and us.

Cloud Gate parece un imán para personas porque, si el clima es propicio,  muchos visitantes de Chicago emprendemos caminata para ir a mirarla, a tocarla, a restregarnos en ella, a fotografiarla, a degustar simultáneamente de su reflejo y de los edificios que, imponentes, parecen habitarla. 

Atesoraremos por años esta vivencia: niños besando la escultura y hablándose a sí mismos frente al enorme espejo; hombres y mujeres extendiédole los brazos como quien pide afecto o comprensión. 

No importa la sexualidad de cada cual, todos parecen erotizados por la brillantez especular y –bien lo diría un fenomenólogo o un existencialista– por el sí mismo de sus reflejos: ajeno, inaprensible, extraño aunque parezca suyo.

Más alla de lo turístico o del sentido estético que pueda hallarse en esa revelación de nuestro tiempo, habría que festejar tanta tocadera. Como esa, ¡toda escultura debería ser manoseada! 

Una pintura solo reclama la mirada del otro y, generalmente pide que le den distancia[1]. Esa inmensa pieza de Kapoor, en cambio, atrapa al mundo y a cada cual; pide caricias, expande con su brillo manos y rostros, reinventa el sentido arquitectónico de lo circundante. Tal fenómeno nos ha obligado a transgredir la neutralidad analítica con que se debería dar cuenta de los aspectos objetivos y formales de la obra. No hemos podido evitar su invitación; o, si se prefiere, hemos sido compelidos, por ella, a meternos en su brillo para vivirla.

Cuando en 1954 Sartre vio lo que hacía Giacometti, advirtió de su escultura y de su pintura una dimensión extraña que no estaba en las obras: el vacío. Quizá, ciertamente, aquel escultor suizo sabía esculpir la nada[2]. Reflejado en Cloud Gate hemos visto lo contrario: Kapoor supo meter el todo en ese enorme Bean[3] de acero. 

Ese acero bruñido fue tratocado por el artista en exigencia y  en convocatoria multitudinaria. Más aún, Cloud Gate transgrede su materialidad para hacerse esencial en lo imaginario

En otras palabras: el acero –soporte material de la obra– ha sido subsumido por la acción imaginaria de El Arte. Parafraseando a Sartre, diremos que esa pelota de metal –compacta e inerte– se escenifica frente a todos cual remolino que nos transporta de lo real hacia lo ficticio. Es puro reflejo y a la vez  es el mundo, una revelación del cosmos. 

Sin el acero, la obra no existiría; pero ella no es aquel sino algo inaprensible. Ya lo sabíamos, claro, porque los museos están llenos de lienzos embadurnados de pintura que se nos ofrecen como caras y cuerpos, frutas, utensilios, paisajes. Los maravillosos nenúfares de Monet son, en realidad, solo un empate de pigmentos. Asistimos, imaginariamente, a su esencia y así mojamos la conciencia en sus aguas y disfrutamos de su entorno. Con Cloud Gate, Kapoor da un paso más atrevido, porque su oferta de mundo carece de pigmentos; es pura luz, somos nosotros. ¿Quién podría afirmar hoy, sin más, que lo imaginario no es real? 

Frente a Cloud Gate, la vivencia del turista se convierte en abigarrada fascinación para el filósofo del arte; también para quien intenta comprender las profundidades del alma humana.

Vivencias como aquellas, en el Millenium Park, desbordaron nuestra capacidad reflexiva. La experiencia fue tan rica, que una descripción emocional tampoco sería suficiente para definirlas. Seguramente un kantiano intentaría seducir nuestro entendimiento recurriendo a lo sublime; y los acólitos de Benjamin podrían esgrimir su noción de aura. Pero, aunque Cloud Gate nos dejó perplejos, nosotros negamos acierto –aquí y en otros escritos– a esas y otras nociones metafísicas[4].

Con su exigencia de ser magreada, y a diferencia de una pareja de indios a caballo (El Arquero y El Lancero[5]) que adornan una entrada del Grand Park chicaguino, Cloud Gate aporta juegos semánticos novedosos a la escultura de parques y de otros sitios públicos[6].

Aquellos indios no tienen el tamaño de Cloud Gate pero, dado que son dos y están frente a frente, sus dimensiones, desde un punto de vista semiótico e incluso hermenéutico, deberían incluir el espacio que los divide. Son dinámicos, evocadores, pero han sido dispuestos sobre pedestales altos; por eso están alejados de todos; son intocables, como los monumentos que hay en nuestros parques y en famosos sitios europeos.

A diferencia de esas esculturas ecuestres, Cloud Gate, pese a ser de las nubes, está muy cerca de todos y ofrece, como algo esencial, la capacidad para acercar el mundo y poseerlo; y así, ostentando su ambición cósmica, interactúa con la gente y viceversa.

Mientras nos acercábamos al lugar, vimos la obra de lejos; entre los árboles del parque. Se ofrecía cual pelota brillante que llamaba al espectador impaciente. En nuestra imaginación gritaba: ¡Apresuren el paso!

La voz ficticia llamaba desde el parque. Tal efecto es propio del arte; pero lo cierto es que esa y toda voz de su tipo siempre es la nuestra. No se trata de un truco inventado por el escultor de la obra; es una condición misteriosa del arte; un llamado que, aunque viene desde allá enfrente, nace en nosotros. Los fenomenólogos entendieron esa condición extraña y ontológica del objeto artístico[7]. Así que, desde cualquier ángulo del parque, resulta evidente que  Cloud Gate es más que una pelota o un enorme frijol brillante. 

La enorme pieza de acero inoxidable (10 x 20 x 13 m) pesa 98 toneladas. Fue concebida y realizada por Anish Kapoor, un ciudadano británico nacido en Bombay (1955); hombre educado según criterios tradicionales judío–indios. En la década del setenta, él se mudó a Londres y estudió arte ahí, en el Hornsey College of Arts y luego en la Chelsea School of Art Design

Para quienes abordamos asuntos artísticos y estéticos tales datos son, en cierta forma, determinantes[8], pues entendemos que ese perfil cultural de Kapoor (como el de cualquier artista) refleja parte de la Weltanschauung[9] que fluye y se ofrece en su legado escultórico–abstraccionista.  Para dar realidad a sus proyectos, Kapoor utiliza materiales diversos y quizá poco convencionales, como el hormigón, el vidrio, el acero e incluso el fieltro. 

El 1999, un grupo de coleccionistas, arquitectos y curadores de arte escogió Cloud Gate entre treinta propuestas escultóricas para ornar[10] el Millenium Park. La enorme pieza evocaría, entre otras vivencias, la fascinación ancestral por el mercurio. 

La obra fue construida por la empresa Perfomances Structures Inc. con múltiples placas de acero inoxidable que, pulidas prolijamente, no muestran rastro alguno de costuras o pegas entre ellas. A nosotros nos pareció un espejo infinito del infinito y, en tal sentido, mejor logrado que aquel mapa misterioso descrito por Borges el breve infinito de un texto[11].

Con menos razón que estulticia, la prensa llegó a equiparar la parte inferior de la escultura con el vientre de una cucaracha. Mejor aventura conceptual y poética hubieran sugerido mediante la comparación de dicha escultura con el ónfalo mítico que los antiguos griegos atribuían al centro del mundo. Pausanias[12] lo entendía cual símbolo o representación del centro cósmico donde se comunican los dioses, los vivos y los muertos. No ha de obviarse la posibilidad de vincular la inspiración de Kapoor a un misticismo parecido, aunque  moldeado con criterios y técnicas  contemporáneas. Intentar una lectura de la obra por esa vía podría resultar inspirador. 

Hay que considerar, desde luego, otras posibilidades interpretativas. Un turista acostumbrado a monumentos ecuestres y parques históricos podría pensar que la obra jamás podrá alcanzar la elevación estética del caballo que Da Vinci nunca pudo realizar, ni querrá reconocer en Cloud Gate la belleza del obelisco que visitó alguna vez en Europa, o el alcance simbólico de la famosa escultura que habita en una isla de Nueva York. Tras haber visto muchas esculturas en parques inmensos juzgará, posiblemente, que Cloud Gate fue engendrada cual ocurrencia mercantil o que se debe a una inspiración momentánea y oportunista, de esas con que algunos marchantes famosos han poblado salas y museos, o han seducido a inversionistas ignaros en cuestiones de arte. La verdad, según pensamos en presencia de la obra y ahora, desde la distancia que nos permite la memoria, es distinta. 

Cloud Gate proviene de una veta conceptual y técnica que Kapoor ha desarrollado por años con perseverancia y sólidez. Entre muchos ejemplos de ello, están Sky Mirror (2001) ubicado en Nottingham Playhouse y Vertigo[13] (2008)  Tall Tree & The Eye (2009) colocado en una isla dispuesta en el estanque exterior del Museo Guggenheim, en Bilbao.  El primero pareciera invertir el orden del cosmos mediante una superficie especular cóncava (6 metros) de acero inoxidable pulido. El segundo (4,4 x 13 x 4,4 m) es de acero inoxidable y carbono, compuesto por 73 esferas apoyadas en tres ejes y que reflejan el entorno de forma multiple, cual advertencia de que toda visión del mundo es efímera.

Más allá del gusto que su presencia gesta en el visitante del Millenium ParkCloud Gate puede comprometer al hermeneuta como al fenomenólogo e incluso al estructuralista, al positivista lógico, al metafísco; y tanto como al historiador del arte como al de la ciencia y la técnica[14]; también al ingeniero especialista en materiales. Quiza en presencia suya, un acólito del psicoanálisis pueda aportar líneas para que el crítico de arte juegue con su ingenio textualizador.[15]

Nosotros[16] y quien nos lee podríamos extender un reflejo propio en la obra más allá de este texto. Hemos querido matizar al título con esa pretensión que, en cierta forma, también es un llamado a la subjetividad del gusto[17]; o, si se prefiere, una remisión a la vivencia provocada por escultura tan poco convencional[18]

De Cloud Gate han hecho millones de copias en miniatura para ser vendidas y usadas como llaveros o adornillos, de esos que el turista compra para acordarse del lugar o para llevarle a familiares y amistades. He ahí lo que, parafraseando lengua cinematográfica común podría entenderse como un tema colateral

Menos cómica que interesante, dicha argucia reproductiva merece atención antropológica o sociológica, e incluso históricista. No podemos dedicar espacio aquí a tantos enfoques (o lecturas), pero invitamos al lector para que los considere, pues conforman propósitos que seguramente el artista nunca imaginó, pero que resultan tan esenciales como instructivos en relación con la obra, y tanto así con lo que somos y con la forma en que construimos nuestro mundo. Walter Benjamin[19] (cfr.2023) intentó comprender una arista de tal reproductividad; pero evidentemente el fenómeno se abre en direcciones que desbordan su esfuerzo[20]; todas llevan hacia algún rincón de la humana condición: ideología, racionalidad y mito, comercio e incluso la política. 

Distante conceptual y formalmente de Cloud Gate, encontramos en el Millenium Park[21] otra obra inmensa que nos ha dado materia para disfrutar y pensar: la Crown Fountain, sobre la cual discurrimos seguidamente.


[1] Prometo ese tema para el futuro de esta columna.

[2] “Irónico, desafiante, ceremonioso y tierno, Giacometti ve el vacío en todas partes” (cfr. Sartre –1977– Literatura y arte (trad. M. Scuderi). Buenos Aires: Losada, 270)

[3] Con ese apodo se refieren a la escultura muchos chicaguinos; el mimo Kapoor le da ese apelativo y con él da nombre a una lamentable copia (esa de 40 toneladas) que de Cloud Gate hizo para satisfacer lo que pareciera una envidia neoyorquina (se encuentra en el 56 de la  Leonard St.). El tema es interesante; rebasa las inquietudes de Benjamin sobre la reproductividad del arte en su tiempo. 

[4] Quien esto escribe enfrenta esas nociones y la problemática filosófica implicada en o por ellas en ¿Monna Lisa o la Nigüenta? de próxima aparición.

[5] El Arquero y El Lancero son las dos esculturas ecuestres de indios; fueron colocadas en la entrada Congress Plaza (Wels Drive y Michigan Ave.) del Grand Park chicaguino en 1928. La hizo Ivan Meštrović (1883–1962), un avezado escultor que nació en Croacia-Eslavonia y falleció en Indiana, USA.

[6] Ahorro aquí al lector consideraciones sobre enfoques como los de Gadamer o Eco sobre estos tópicos. No omito, sin embargo, tres recomendaciones teóricas que coadyuvarían en cualquier descripción o crítica del arte: de Gadamer resulta sugestivo, “La estética y la hermenéutica” –cfr. Gadamer (2001) Antología (trad. G. Ruiz). Salamanca: Sígueme–; de Eco, además de ese libro indispensable La estructura ausente (trad. F. Serra) Barcelona: Lumen) he hallado inspiración para  la comprender Cloud Gate en De los espejos y otros ensayos (2012, trad. C. Moyano; Barcelona: Debolsillo). Lo monstruoso y lo bello, de Rafael Ángel Herra (San José: EUCR), también puede ser metodológicamente muy original e instructivo.

[7] He dedicado atención al tema en Todo arte es desleal (EUNED, 1988) y en algunos pasajes de La moral es infiel (EUNED, 2022); en Monna Lisa o La Nigüenta (de próxima aparición) retomo el tema de manera más amplia.

[8] Sartre afirmó, en ¿Qué es la literatura? que el autor no debe ser comentario de su obra. Probablemente, tal idea tiene un sesgo intencional curioso y, en contexto, justificable; pero en general y con amplia visión, tal afirmación encuentra oposición en la obra del mismo Sartre, cuando él escribe sobre pintores y sobre Baudelaire, Genet, Flaubert, etc.

[9] Palabra alemana que puede traducirse como visión de mundo; pero que en filosofía y ciencias sociales suele usarse para denotar o connotar alguna forma específica e integral de concebir el mundo. En español suele ser equiparada con  la idea de cosmovisión; es decir, con cierta concepción que se tiene del mundo y a partir de la cual el individuo, la sociedad o una época comprende e interpreta la naturaleza, lo humano-histórico y,en general, todo lo que existe o se concibe; su alcance incluye el ámbito de las opiniones y de las creencias. El término Weltanschuung fue introducido con tal acento teórico por Whilhem Dilthey en su libro de 1914, Einleitung in die Geisteswissenschaften (traducido al español como Introducción a las Ciencias del espíritu). 

[10] Este es otro tópico interesante, que debemos abordar en columnas futuras. Se ha entendido mucha veces a lo largo de la historia del arte que lo creado para ornamentar ha de ser tomado como arte secundario. No pareciera que Kapoor quiso hacer una ilustración ni un adorno pero, en general, las esculturas contratadas por un comité, para transformar un espacio –para adornarlo– podrían ser consideradas, por su finalidad, como objetos determinados por su utilidad, más que por su ser­–arte–en–sí.

[11] Del rigor en la ciencia, cfr. Borges, J-L. (

[12] Romano originario del Asia Menor, Pausanias (110 o 115 a C.-180 a C.) fue el autor de la Descripción de Grecia (o Guía de Grecia), un libro dedicado a las costumbres y aspectos diversos de la cosmovisión griega; también fue conocido en su época como geógrafo, viajero e historiador. 

[13] Así, sin tilde, como sería en español.

[14] No me aparto de esta obra sin advertir, en relación con dicha historia, el placer que ha de sentir un historiador y un filósofo de la ciencia siguiendo los pasos del acero a través de las culturas y asumiendo que Cloud Gate sería imposible sin tal historia.

[15] Reconozco aquí mis limitaciones como crítico de arte, en el sentido de que una lectura sistemática de esta obra desborda y supera el espacio con que  cuento porque, parafraseando a Sartre, Cloud Gate constituye un centro irrefrenable de sentidos. 

[16] Insisto: soy el amanuense de un texto que nace y crece gracias a la compañía, comentarios y opiniones de mi familia: Gaby, Ricardo, Daniela y, desde lejos pero aguda en comentarios, Andrea.

[17] En tal sentido resulta siempre instructivo el criterio kantiano, según el cual el juicio de gusto nunca podrá ser universal.

[18] He sostenido reiteradamente que la manifestación textual del crítico de arte es el producto de un trabajo difícil y sistemático que –como en el caso del filósofo– implica el análisis objetivo del objeto (materiales, técnicas etc.), pero, dado que la función de tal objeto  trasciende lo que podríamos llamar su función cual ornamento de un parque,  también está en el tintero del crítico (y, por tanto, bajo su responsabilidad) la elección de vías teóricas para comprender la obra en contexto. El crítico de arte ha de ser siempre un crítico de sí mismo: reconocer los alcances y los límites de la interpretación; y abonar su visión –casi cual pensador ecléctico– con aportes interpretativos diversos e incluso contradictorios entre sí. Quisiera seguir todos esos caminos y advierto que en este espacio será imposible. No olvido invitar, sin embargo, a convenir con el Umberto de La estructura ausente en que 

[19] Cfr. Benjamin, W. (2023) La obra de arte en la era de su reproducción técnica (trad. S. Fehrman) s.l.: Alma.

[20] Un ejemplo de tal desbordamiento conceptual (entre otros) se halla en la posibilidad técnica o tecnológica de reproducir cualquier obra  artística (o de otro tipo) en tamaños, calidades y materiales diversos, e incluso en intervenirla con propósitos espurios. En tal sentido –y al tenor de la tecnología o de la mercadotécnia del presente– la propuesta de Benjamin, pese a distinguir acertadamente la reproducción manual de la reproducción técnica, resulta carencial en varios sentidos (desde su lectura del marxismo, hasta las consideraciones en cuanto la función reproductora en aspectos álgidos como la plusvalía o la eticidad involucrada en procesos de tal índole; inclñuyamos el abanico de temas que en este respecto abre la llamada inteligencia artificial). Abordo tema tan complejo en  Mona Lisa o La Nigúenta, libro de ensayos sobre estética que será publicado próximamente.

[21] Lugar preciso en dicho parque: Plaza AT&T.

Millenium : Espejo de unas vivencias del arte.

–a Ricardo y Daniela–

*Álvaro Zamora

El escrito tiene un propósito más descriptivo–vivencial que de comentario crítico–artístico[1]. Se pone a disposición de los lectores en tres entregas. La primera se refiere al Millenium Park (Chicago), la segunda vuela alrededor de la escultura Cloud Gate dispuesta en él. La tercera entrega se concentra en Crown Fountain, otra obra de arte situada en el lugar; incluye reflexiofinales sobre el parque y sobre nosotros.

This writing has a more descriptive–experiential propose than a critical-artistic commentary. It is made available to readers in two installments. The first refers to Millennium Park (Chicago), the second flies around the Cloud Gate sculpture arranged there. The third installment focuses on  Crown Fountain, another work of art located at the site; includes final reflections about the park an about us.

I. Un lugar, su nombre y unas vivencias

La voluntad que nos llevó a visitar el Millenuim Park no era igual a la que guía inumerables visitas al lago Michigan o a restaurantes y pizzerías de Chicago. Emprendimos su búsqueda convencidos de que, al par del ejercicio placentero y casi irreal del turista[2], ese lugar motivaría reflexiones sobre temas estéticos, arquitectónicos, humanísticos; acaso también alentaría en nosotros[3] algún interés histórico o ideas como las que fluyen en las críticas de arte.  Pretendemos ratificar tal creencia en estas líneas.

Empezamos con el nombre: Millenium ha servido para retar las intenciones hermenéuticas de algunos. He ahí un tópico que, si bien desborda la intención de esta columna, vale la pena iluminar brevemente. 

 El lector podría fascinarse con las implicaciones medievales de ese término que, en el presente, también porta denotaciones diversas; aquellas y las de ahora podrían motivar tesis académicas. 

Comprobamos, al llegar, un aserto que ha el tiempo me regaló Abuela: “más que un simple engaño o un embeleso momentáneo, la fascinación es una vivencia poderosa”. Frente al entorno y las obras que ofrece el Millenium Park, se impone un goce con ese carácter. 

Al principio, el panorama podría limitar la voluntad analítica en beneficio del placer contemplativo; pero, seguramente al tenor de la época, bastaban unos minutos para que los recién llegados recurrieran a la tecnología y, con ella, modificaran tal vivencia. No podría afirmar que los visitantes sustituyeran el contacto visual inmediato con una actitud racional; pero ciertamente muchos dejaban de ver el parque y se dedicaban buscar, en sus dispositivos electrónicos,  la información que circula en Internet sobre lo que habían ido a presenciar. Nos pareció que, en algunos casos, el tiempo dedicado tal labor secundaria era mayor que el desplegado para disfrutar realmente del lugar.

Acaso muchos apredieron, por esa mediación técnica, que  el término Millenium ha servido con premeditada arrogancia tanto a políticos como a pensadores post-modernos; también a una legión de influencers o de usuarios snobs de las redes sociales y a varios faranduleros. 

Junto a la expectación que motivan la arquitectura, las obras y tanta gente, nuestra memoria alberga todavía una curiosa vivencia de aquel momento: algunos visitantes disfrutaban más de su pseudo–lección virtual que del entorno. No pudimos evitar el recuerdo de los fanáticos que, presentes en un estadio, recurren hasta el vicio a un narrador radial que mal describe o explica lo que ellos están viendo. Confieso que eso nos produjo una sensación abrumadora: la de estar siendo arrastrados por aquel fluido temporal al que Heráclito nos condenó conceptualmete hace milenios. La mirada de hoy difiere, por razones culturales complejas, de la de nuestros ancestros. No hay excepción, toda sociedad o cosa pública se puebla con significados nuevos cada vez que la noria del tiempo gira.  

Probablemente, vivencias cuasi-metafísicas como las que se trasuntan en la relación ser humano–telefóno se adhieren a objetos y espacios públicos como una especie de plus semiótico específicamente contemporáneo. El tema –bien ambientado en el Millenium Park– podría servir para engarzar las investigaciones de historiadores del arte con las de quienes se interesan por la historia y la filosofía de la técnica, la tecnología y la cultura.

Con presunciones distintas, el vocablo Millenium ha servido para designar períodos de mil años aunque, más allá de su acierto descriptivo, tal uso ha motivado polémicas diversas. Y así –en latín– sirvió para bautizar a una radioemisora bonaerense y a una conocida serie de viñetas de DC Comics, a un celuloideochentero de ciencia ficción y a una serie de afamadas novelas (trd. española en Ed. Destino) que motivó películas suecas tituladas de la misma forma; las cuales, sin duda, superan en calidad a todos sus refritos comerciales estadounidenses. Millenium es el título de un álbum musical y de una canción famosa; lo es de un programa televisivo mexicano, de otro español y de un obelisco que puede visitarse en La Coruña. Con seguridad, el lector podrá agregar otros significados y connotaciones a esta lista. En todos los casos, pareciera atribuírse al término de marras una especie de sentido trascendental, mítico e incluso metafísico, aunque irracional y por eso, quizá, muy existoso comercialmente. Significa eso quizá que, como pretendieran varios fenomenólogos en los años 50s., Millenium se convierte por nuestra visita y la de cada cual en una especie de generador de vivencias; parte esencial de cierto entramado simbólico dedicado a una esperanza. 

De camino a ese parque se evidencia una condición básica de nuestra especie que, como a nosotros, mueve seguramente a quienes buscan el Partenón y la Muralla China. A pocos pasos del lugar, la esperanza de nuestros pasos mudaba sus matices con la evidencia de que el Millenum de Chicago, más que un parque, es un llamado a la perplejidad. Quizá también es un ejemplo de libertad, tanto de esa que ha prohijado ideológicamente la sociedad-escenario de Cloud Gate como aquella que fluye, cual ideal o concepto, en los libros de filosofía[4].

El Millenium chicaguino está considerado cual desarrollo urbano y zona para la recreación[5]. Por eso, quizá, en nuestras vivencias del día se inmiscuyó la idea de que las ciudades de nuestro país requieren de espacios como ese y  de políticos inteligentes que fomenten su desarrollo[6]

En cierta forma, la visita al Millenium se engarzaba así con inquietudes que por años han manifestado los trabajadores costarricenses del sector cultural y que –por ignorancia o paparruchada– los gobernantes han eludido constantemente.

La historia del Millenium Park resulta instructiva, no solo por tópicos de diseño e impacto social sino porque, para construirlo, sus gestores debieron superar problemas abrumadores[7]. En tal sentido,  lo que sentimos en el lugar sirvió para hallar paralelismos entre aquel famoso parque y La Sabana josefina, la cual mutatis mutandi debe enorgullecer a los ciudadanos costarricenses. En ambos casos, la inversión ideológica, artística, política y económica merecen estudio atento. Baste en estas líneas decir que, a semejanza del referido parque en Chicago, La Sabana representa un éxito de ingeniería y un valioso legado cultural. Como el Millenium Park, ha transformado el entorno urbano y hoy sirve a fines civiles importantes, bien justificados y muy variados. 

Pese su relevancia, no rastrearemos los aspectos arquitectónicos, civiles y citadinos del Millenium Park. Pero, como parcial juicio de gusto (es decir: vivencial, aunque no técnico ni conceptual), podemos afirmar que toda esa parte de Chicago es hermosa y está tan limpia como nuestro Parque Nacional, aunque sus dimensiones son mucho mayores y, a diferencia del nuestro, el personal dedicado a dar seguridad en sus predios es numeroso y abrumadoramente eficente. 

En ese parque hay dos obras de arte famosas,  a las que dedico los apartados que se sumarán e a este en próximas entregas[8]. Una es de acero inoxidable; como ya indiqué, se llama Cloud Gate (Puerta de las Nubes). La otra es Crown Fountain (Fuente de la Corona): dos grandes paredes animadas y separadas o unidas por una piscina de muy poca profundidad, oscura, larga y rectangular. El análisis y critica en ambos casos requiere al menos de un libro. Lo que sigue carece de envergadura tan amplia; ha de tomarse solo cual sugerencia, a la vez descriptiva y prospectiva. Quizá pueda advertirse en ella la emoción de quienes se enfrentan a lo extraordinario. Conviene aclarar, son embargo, que se intenta una lectura estética a partir de la pasión con que los románticos explicaban lo espectacular del arte. Aquí no vemos el fenómeno artístico cual padecimiento, sino como una emoción que existe a contrapelo de toda presunción metafísica o  determinismo natural. Más allá del objeto que la orienta, depende de nosotros, es nuestra responsabilidad. Aunque el crítico debe juzgar con pretendida neutralidad lógica o, a decir de algunos, con frialdad, confieso que, en lo escrito aquí me he atrevido a prevaricar en favor del arte.


[1] La primera columna de esta serie de trabajos, está dedicada a una exposición de Aquiles Jiménez y tenía otro sesgo; no obstante, en ambas (y en las que siguen) se mantiene el propósito de abordar aspectos diversos de la historia del arte, la cultura y la técnica mediante comentarios (descriptivos, informativos o vivenciales) y críticas de arte.

[2] El visitante es ontológicamente peligroso porque mira la ciudad con mirada ajena: lo cotidiano de millones (incluidas todas las historias reales de amor o de odio que se tejen con y contra la inmediatez citadina, y también las de satisfacción o necesidad, sobrevivencia e inserción social)  se convierte, por su acción miratoria en  novedad, en delicia o decepción. Pese a diferencias de clase y condición, el citadino autóctono, podrá sentir esa especie de mirada (habría que catalogar las miradas en especies) como espejo de una sala de belleza, pero también como agresión o imprudencia alienígena, y no solo porque el otro (turista o no) introduce en su cotidianeidad un asombro inusitado, sino también porque el visitante advierte belleza o fealdad ahí, donde él ya es mundo. Ese tipo de vivencias resulta fenomenológicamente instructivo en relación con la identidad, la auto-percepción y de todo aquello que desde Heidegger se connota con la noción de Dasein o que, con Husserl y Sartre se denota con el término situación.

[3] Aunque el uso de la tercera persona podrá ser tomado como recurso retórico, es decir, innecesario, impreciso quizá, quien escribe lo justifica porque las vivencias que dan vida a estas líneas fueron lugar compartido con mis hijos y mi esposa.

[4] Cierto es que, mis vivencias de ese día en el Millenium Park incluyeron –quizá por manía profesional– pensamientos de esa índole. Autores costarricenses han desarrollado el criterio de que ambas concepciones de libertad se contraponen. No obstante, en varias oportunidades ­he señalado (con enfoque fenomenológico ampliado) que, en realidad, ambas se complementan, pues son aspectos de un mismo fenómeno y –más aún– que ha de incorporarse a ellas, dialécticamente, la imposibilidad de concebir ambos énfasis sin entender que la libertad solo se ejercita en medio de la determinación y que tal ejercicio es ineludible, y así sus consecuencias.

[5] Foto de SherhiiCurucky/Alamy (https://www.chicagomag.com/chicago-magazine/june-july-2024/the-making-of-millennium-park/

[6] Sin ánimo partidista, podría dedicarse aquí un espacio a la figura histórica de Don Guido Sáenz, a cuyo tesonero carácter, a sus sueños, iniciativas y complejas gestiones debemos, seguramente, dos grandes parques josefinos, una orquesta sinfónica profesional y otras señeras concreciones culturales.

[7] No solo los consabidos problemas de diseño e ingeniería, a los que el lector puede dedicar una investigación. La historia del Millenium Park es interesante y compleja; no se aborda aquí por razones de espacio y porque el tema que nos interesa no es arquitectónico ni urbanístico propiamente, sino que está dirigido a las dos famosas obras que habitan en ese lugar. Tampoco se dedica atención aquí al Jay Pritrkey Pavillon que el arquitecto Frank Gehry diseñó para el parque. Se sabe que, desde hacía tiempo, el ayuntamiento quería rediseñar la zona; pero los derechos de uso (no la propiedad) eran de la Illinois Central Railroad; así que el municipio no podía realizar sus planes (cfr. http //www.encyclopedia.chicagohistory.org). Tras arduas negociaciones, la empresa ferroviaria cedió y el Millenium pudo hacerse en una de las esquinas del antiguo Grand Park (201 E. Randolph St. Chicago Il, 60602). El financiamiento de la remodelación se calculaba inicialmente en unos 130 millones de dólares; pero conforme el plan cobró vida y creció en ambicioes, ese presupuesto se incrementó (aprx. 490 millones: cfr. urban-networks.blogspot.com/2011/07/chicago-historias-del-millenium-park-la.html). Se pretendía hacer la inauguración en el año 2000, lo cual, de forma simbólica, permitía justificar su bautizo. No obstante,  Millenium Park fue abierto al público hasta julio del 2004.  

[8] En La Sabana también hay arte verdadero, pero de eso daré testimonio en otra columna.

Aquiles, el jade y una exhibición sugestiva*

*Álvaro Zamora

A mi hija Andrea

Dispuestas de forma armónica en varias paredes, se encuentran poesías del escultor quien, desde hace décadas, cultiva ese género literario. Acaso el filósofo pueda encontrar en ese diálogo verbo-escultura un acicate para tender sobre la escultura aquella idea sartreana de que, a diferencia del novelista, el poeta usa la palabra como el pintor los pigmentos; es decir, no toma su referencia como signo de un aspecto del mundo, sino como su imagen1 . Me gusta pensar en la obra de Jiménez como poética-en-piedra; aunque ciertamente tal legado se alberga también en metales y maderas que ha esculpido anteriormente.
La colección está integrada por dieciocho piezas pequeñas; hay jades de distintos colores.
Del ideario de Jiménez me interesa resaltar, a propósito de esta muestra, la idea de que, como en tradiciones ancestrales, él materializa un ideal “profundo-oscuro” que se trasunta en el mundo Náhual. Por tal convencimiento encamina su imaginación, matizada –como él mismo advierte– por una extensa y febril vivencia en la escultura.


Jiménez le tiende al espectador un propósito idealista: “abrir las posibilidades del espíritu del JADE a la escultura actual”. Reconozco en ello una virtud que, con lenguaje aristotélico, entiendo cual noética tanto como ética. De la primera es reconocible un oficio exquisito, donde se unen aportes antiguos con el uso de herramientas y técnicas actuales. Es decir: al par de los ideales referidos, Aquiles Jiménez ofrece una dote técnica estupenda. Esa mención, más que justa es necesaria, pues la escultura en jade opone al artista o al artesano una resistencia inigualable, que a muchos escultores de prestigio –sea este merecido o infundado– podría desalentar sino vencer.


Todas esas esculturas merecen comentarios atentos; habría que destacar detalles que van desde los elementos de presentación hasta la depurada calidad de las bases sobre las que Jiménez coloca las esculturas. No ejercitaré aquí labor tan vasta, pero invito al lector a visitarlas, a degustar su belleza y a gestar su propio criterio sobre ellas. Aventuro, sin embargo, menciones sobre seis obras porque –sin desmerecer a las otras en forma alguna– por gusto personal me sirven para sugerir ideas relativas a la vocación del escultor y a la estética, que es un área de la filosofía donde he cifrado intereses por años. Confieso en ello, además, una voluntad egoísta, porque me sirvo de esta colección para ejemplificar mis ideas en torno a la crítica de arte, su función, su compromiso teórico, metodológico, moral y, en general, humanístico.

La Travesía Chälchihuitl Rax Abáj, de Aquiles Jiménez, se expone en nuestro Museo del Jade2 . Es una colección de piezas esculpidas en el material que da nombre a dicho museo. El artista defiende ahí criterios que alienta, con fundamento estilístico y depurada técnica, desde hace décadas. En este caso, el material se le ha ofrecido como un reto tanto como una urgencia, una especie de compromiso, una búsqueda. Vale aquí por eso perfilar, brevemente, al escultor; antes de hacer referencia a lo expuesto en la sala del Museo de Jade.
Conocí a Aquiles cuando, de joven, esculpía la madera bajo la tutela de Ólger Villegas. Era joven, callado, tan sincero y directo en el trato personal como en el propósito de dar excelencia a su vocación; también procuraba anclar sus conceptos adecuadamente, para defenderlos con su trabajo y su palabra. Pasados los años, acumuló jornadas largas, sistemáticas y bien cimentadas en el Conservatorio de Castella, en la Universidad de Costa Rica y luego en la Academia de Bellas Artes de Carrara, donde obtuvo su Licenciatura en Escultura.
Muy temprano, Jiménez se dejó poseer por el mármol y también cultivó amor por la talla de otras piedras duras. El jade las excede a todas en dureza3 y, probablemente, en la exigencia técnica y también en ciertas connotaciones espirituales. De ellas, algunas son milenarias, prohijadas en Mesoamérica y matizadas todavía con cierta magia y la fe en algo esencial que nos vincula con lo telúrico 4.
Este jade que trabaja Aquiles Jiménez no es aquella serpentina verde que en Oriente ha inspirado –también por milenios– leyendas y creaciones fantásticas. El material mesoamericano ¬–conocido como jaedita– es más duro que aquel, aunque la vista e incluso el tacto puedan confundir su naturaleza con la que sirvió a los chinos para manifestar su espiritualidad en obras exquisitas. Si bien el verde es su sino más conocido, el jade que trabaja Jiménez5 cuenta con más colores.
Volvamos a la exhibición. De la sala ha ocupado su curadora las paredes y todo el espacio6 . Ella y el artista incluyen un catálogo hermoso, al que puede accederse por vía digital. También conceden aspectos pedagógicos al visitante; por ejemplo: un vídeo permanente corre al lado derecho de la entrada, sobre la pared oriental: muestra al escultor en su trabajo. Hay bocetos de las obras, frente a los cuales el espectador puede advertir un rasgo del proceso creativo.

Senda al profundo silencio (60 cm x 32 x 15 cm) se me enfrentó como un ser vivo, casi un animal hecho de mitos, un poema dedicado lo telúrico. Encuentro la obra como oportunidad para invitar a la descripción fenomenológica y precisar con su ejemplo ideas de Kant, de Husserl y de Sartre sobre la posibilidad y alcances del juicio estético. Formal e imaginativamente se reconoce en esta pieza –como en otras– el definido estilo de Jiménez; también un reconocimiento de lo ancestral como una fuente de inspiración y, a la vez, como una prospectiva estética. Acaso de ello pueden inferirse connotaciones éticas. En tal sentido podemos decir que la obra es un llamamiento, no una espera. Anclada en sus raíces, parece advertirnos “que el porvenir no está labrado7” ; hay que asumirlo cual reto, análogo simbólicamente al de enfrentar la dureza del jade. La grieta cósmica ahí representada alberga algún secreto o disposición personal-cultural, porque quien conoce la trayectoria artística de Jiménez sabe que grietas semejantes habitan en otras piedras suyas y que ellas han motivado realizaciones diversas en jornadas previas.

Silencio interior (40 cm x 28 cm x 28 cm) podrá motivar a un freudiano para ejercitar sus métodos de análisis8 , pues al estro cultural de base se adhiere abiertamente otro –también fundamental– vinculado con la sexualidad, el erotismo y sus determinaciones. Coincide en la incorporación del agua –cual espejo y, a la vez elemento temporal– con otra obra: Silencio y luz (45 cm x 25 cm x 25 cm), una escultura compleja en jade verde, con incrustación de jade naranja, basalto y agua. Jiménez ha tomado con ello un riesgo: ambas obras requieren el auxilio atento de quienes cuidan la sala.

He corroborado con cierto asombro tal ventura: en la segunda obra referida, el agua se había evaporado parcialmente –por descuido de los encargados– y eso redefinía algo de su sentido y mensaje. Al secarse, el líquido-espejo se transformó en sedimento blanco; entonces la pieza tomó un rumbo inesperado: muestra de cierta decadencia, eventual destrucción humana del entorno. Se podría elaborar una consideración estética de tal hecho y aventurar incluso un motivo para hablar del devenir o de la responsabilidad del hombre con el ambiente. Un hecho simple, sorpresivo, no planeado por el escultor, pero en cierta forma grandioso. Es que tal accidente ratifica una vieja idea filosófica: cuando se termina, el objeto artístico deja de pertenecer al creador e incluso escapa de sus designios. Por eso, quizá, en este caso como en todos, la mirada del espectador actúa sobre la obra como gestora de nuevos núcleos significativos. Acaso la historia del arte es un repaso continuo de tal condición onto-antropológica.

Hay en la colección un Presagio de plenitud (30 cm x 21 cm x 09 cm) que, según me parece, motiva un asombro semejante al que habitaba en la filosofía de los antiguos griegos. Aquí solo puedo indicar, a propósito de ella, algunas vías de la mirada. El color, una grieta aparente del material, el grano con sus tonos; he ahí un filón fascinante, que un crítico avezado podría explotar con atención y placer. Otra veta: esos 30 cm de gloria tienden a lo monumental. No he podido evitar una imagen de esa pieza, agigantada y adusta, en un inmenso parque, como el que se le niega a los escultores costarricenses9 , pese a que las grandes ciudades nos muestran, día con día, los aciertos de tal legado. La forma, es decir, el yacimiento de lecturas que motiva ese centro de irrealización colectiva10 es enorme. El juego de lo posible atrapa así al espectador; ya no se trata solo en la dureza de la piedra y sus connotaciones, sino del mundo que por ella se revela, a la vez imagen y realización material. La obra comporta una femineidad fundamental, una esencia que permanece en el tiempo y en otras verdades. Esa escultura pareciera ser hermana de Mujer florida I (45 cm x 30 cm x 15 cm) aunque, como en las familias, sus derroteros y significados buscan otras metas. En este caso, el jade es verde y sus formas anuncian más lo humano que lo trascendental. Jiménez ha dotado a esa mujer de coquetería.

En mi criterio, también hay en ella alguna dosis de ingenuidad, aunque de un sino diferente al que confiesa Jiménez a propósito de su Sueño de lluvia (35 cm x 25 cm x 25 cm), un envidiable objeto que combina elementos de jade oscuro, acero inoxidable y basalto con su dominio del retrato (escultórico como dibujado). Se ofrece cual evocación lluviosa y de vivencias ancestrales. Evidentemente, otro testigo de ella podría contradecir tal enfoque, pues la pieza motiva –como todas en la colección– lecturas distintas, enriquecedoras más allá de las intenciones de Aquiles Jiménez.

La sala se hizo pequeña para mostrar esta colección. Hubiera sido conveniente abrir mayor espacio al eventual tránsito de los visitantes y, aunque el descuido con el agua en una de las piezas abre caminos al comentario y hasta enriquece el acto crítico, el hecho no debe haberse producido.
En el análisis podrían considerarse detalles que aquí no abordo, como la simplicidad que Jiménez da a los ojos de algunos personajes. Un dibujante tan excelso como él habría podido acentuar ese rasgo físico con mayor ahínco; aunque sobre juicios de esa monta vale recordar a Kant, porque ciertamente no hay aserto único ni apodíctico en tal respecto.
Para la reflexión o la polémica, repito aquí el convencimiento de que el legado de Aquiles Jiménez ostenta el mayor nivel técnico y conceptual de su generación escultórica. También subjetiva, aunque adecuada, es mi recomendación de visitar exhibición tan estimulante e instructiva.

Álvaro Zamora
Crítico de arte acreditado por AICA
Miembro del Censorship and Freedom of expression Committee, AICA Internacional

  1. Cfr. ¿Qué es la literatura?, en: Sartre, J-P. (1972) Obras: teatro y estudios literarios, 983-1168 (trad. A. Fernández y otros). Buenos Aires: Losada. De Aquiles Jiménez, en tal sentido, vale la pena citar su hermosamente editado libro Poética de la escultura (2015, 75 p.).  ↩︎
  2. Ubicado en San José: 13 bis. y Avenida Central. ↩︎
  3. Dureza: 7 – 7,5 en la escala de Mohs (propuesta por el geólogo alemán Friedrich Mohs (1773-1839), según la cual el diamante es más duro que el jade, pero más propenso a romperse. En comparación –y pensando en labores escultóricas– conviene recordar aquí que, en dicha escala, la dureza del mármol oscila entre 4 y 5. El uso artístico de ambos materiales ­–jade y mármol– merecerá atención en otra entrega de esta columna. Vale recordar que el jade mesoamericano, también conocido como jadeita (se encuentra solo en Guatemala) es más duro y escaso que el llamado jade oriental o nefrita (dureza 6 – 6,5) y que, además del verde, cuenta con otras tonalidades.  ↩︎
  4. Bien advierte Andrea Gätjens, la curadora, en el catálogo de la exposición que en el valle del río Motagua se halla uno de “los yacimientos más ricos del mundo”; luego agrega, con acierto,  que en Mesoamérica “el JADE constituía uno de los materiales más preciados, incluso más valioso que el oro; era considerado la piedra de la creación  y simbolizaba la vida, abundancia y poder. ↩︎
  5. Sobre su vida y su trayectoria preparo un texto que eventualmente será publicado en una revista. ↩︎
  6. La curaduría debería entenderse como un arte para ordenar y mostrar el arte; dedicaré en esta columna un texto al tema. ↩︎
  7. Cfr. Sartre (op.cit. , 1007). ↩︎
  8. Es una posibilidad metodológicamente seductora; desde luego, eso no anula la posibilidad  de entrar en la obra con otras herramientas conceptuales. ↩︎
  9. No deben olvidarse, sin embargo, la espantosa victimización que gamberros –apoyados el descuido institucional, ejercieron sobre el Monumento al agricultor (1978), de Francisco Zúñiga. ↩︎
  10. Sartre entiende el objeto artístico como un “centro real y permanente de irrealización”, es decir, un objeto al que se ha dado “la función de figurar un cierto no-ser”, como una mujer esculpida. (cfr. J-P. (1975) El idiota de la familia (trad. P. canto). Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo, pág. 153=. ↩︎

Significado y vivencias de la substancia

*Álvaro Zamora

Tercero

En algún restaurante o soda1 de mi adolescencia le agregaban agua hirviendo a la sustancia de pollo. Sospecho que sazonaban aquel exceso con ajos molidos, salsa Lizano2 y algunos pellizcos de comino. Con cierta ingenuidad –propia de quienes piensan que la bondad es un componente esencial del alma humana– creí, en un principio, que esa práctica tenía un propósito altruista: compartir aquella delicia con el mayor número posible de comensales. 

–¿Por Diosito, pa´ónde va este mundo?” –exclamó L´Agüela cuando se lo conté– ya ni con la comida son honraos… ¿Ónde están los principios que las mamas y las agüelas nos heredaron? ¡M´hijo, eso que le vendieron ahí no es sustancia de nada…¡es solo un caldillo!… ¡que ni se le ocurra volver a ese lugar!

Mutatis mutandi, la sustancia aristotélica sufrió algo parecido en la Edad Media. Le echaron más palabras de la cuenta; generó disputas metafísicas, inconsistencias teológicas, curiosos enfoques epistemológicos e incluso prejuicios inquisitoriales. No sorprende –por esa y otras razones– el criterio de quienes encuentran ficciones en la filosofía tanto como en la literatura3.

Entre los académicos de hoy el tema puede suscitar seminarios y la lectura de tomos enciclopédicos. Aquí solo se teje una austera motivación para visitar innumerables textos, dedicados por la historia filosófica a la noción de sustancia. 

En anales casi olvidados he hallado el curioso caso de Nemesio de Emesa4, un obispo católico que trató de entender la unión del alma con el cuerpo5. No sin pena o preocupación –supongo– comprendió que con concepción aristotélica –donde el alma se perfila cual forma del cuerpo– no le servía para explicar consecuentemente cómo se separan ambas sustancias tras la muerte. Acaso tal aprieto también le pareció insuperable en los predios platónicos porque, como bien advierte Guillermo Fraile (1960, II, 147), Platón había plantado que el alma “usa de un cuerpo como de un vestido” y, tal cual escuché una vez a L´Agüela mientras hablaba de un galán con sus amigas, el vestio no constituye unidá verdadera con quien lo viste.

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Agüela y Sartre in memoriam*

*Álvaro Zamora

L´Agüela nació en 1905 y su madre la premió con el nombre de Felícitas. Pasó la infancia en San Pablo, pero de joven se mudó a Heredia. Pasados algunos años, pudo comprar ahí una casa de adobes con fachada estrecha y largo patio. Ha de haber recibido ayuda económica de mi abuelo, un gamonal tuerto, que yo apenas vi una o dos veces. 

L´Agülela fue una trabajadora escrupulosa y exigente consigo misma. Practicó una fe católica simple, sincera e inquebrantable. Cuando ella cursaba los sesenta años,  me confesó haber querido terminar la escuela. Pero en su escuela solo daban lecciones hasta el tercer grado. Por suerte, desarrolló un placer enorme por la lectura. Antes de dormir, me leía Las mil y una noches, capítulos de El Quijote, los Cuentos de mi tía Panchita, algunos libros de Verne, uno de Wells, Pinocho y una colección de aventuras que mi madre le compró  a un vendedor de enciclopedias que pasaba por casa de cuando en cuando. 

L´Agüela era una mujer gruesa, fuerte y muy bajita; tenía la piel curtida, aindiada, oscura; su voz era incontrovertible, muy ronca. Parecía una mujer severa. Enfrentaba las situaciones con inesperada racionalidad, pero nunca negoció sus creencias ni sus principios. 

De ella aprendí valores fundamentales; también me enseñó secretos culinarios; aunque nunca fui capaz de reproducir sus cajetas de maní,  ni su picadillo de fiesta. Todavía admiro su vocación cínica por la verdad. Creo que mi primer contacto con la ética –es decir, con reflexiones sobre temas morales– proviene de sus explicaciones sobre dicha vocación. No llegó a los excesos del infame filósofo de Sinope, pero ella también despreciaba la ostentación y el derroche material. Si le regalaban un  vestido, lo guardaba hasta gastar (después de coserlo una y otra vez) los que tenia en uso: “Aprenda, m´hijito –solía decir– lo viejo guarda lo nuevo”. Para la celebración de mi bachillerato, ella estrenó un bello traje blanco que había comprado once años antes. 

Mucho antes de leer El existencialismo es un humanismo (por orden del profesor Ramón Madrigal Cuadra, en la UCR) yo aprendí de L´Agüela que somos lo que hacemos y que –aunque parezca inconveniente o peligroso a veces– es correcto y necesario ser honrado y defender la justicia. Por esas razones la invoqué cual personaje, décadas después, en un libro de ética (EUNED, 2008).

Jean Paul Sartre también nació en 1905 y de su obra he aprendido mucho. Como L´Agüela, él era bajo de estatura y pensaba que “no tenemos más que esta vida para vivir”[1]. Su paso por el mundo fue muy diferente al de Felicitas, sin duda; pero, como ella, defendió la mayoría de sus convicciones con ahínco, aunque,  a diferencia de ella, él fue ladino en sus relaciones amorosas y con varios de sus amigos.

Sartre –a quien, como a L´Agüela, he dedicado muchas páginas–  es uno de los filósofos más famosos del siglo XX. Suele ser recordado como existencialista, aunque su trabajo más importante es fenomenológico y de orientación marxista. Algunos lo consideran el último gran filósofo moderno, dado que en su obra reconsidera la idea del cogito. Se enriquece críticamente con la filosofía de Hegel, la de Kant, Husserl, Heidegger y con la obra de Freud. No obstante, va más allá de tales rutas, al dar sentido y perspectiva a una ideología compleja. Él la desarrolla  siguiendo al materialismo dialéctico, pero cree que dicha filosofía no debería eludir  el estudio de “la mediación privilegiada que le permite pasar de las determinaciones generales y abstractas a ciertos rasgos del individuo singular”[2]. En palabras simples, y parafraseando una famosa fórmula de Cuestiones de método [3], podemos decir que eso implica dar cuenta de L´Agüela desde dos perspectivas correlativas dialécticamente:  Felícitas es una mujer de extracción campesina, pero no toda mujer de esa extracción es Felícitas”. 

Vale recordar otra idea de Sartre que seguramente ella compartiría: “el hombre se elige en relación con los otros”[4].  Algunos han querido ver en esa afirmación de  El existencialismo es un humanismo un pecado metafísico con el que Sartre anula nuestras diferencias y –sobre todo– elude el problema de la violencia, la desigualdad, la alienación. En su legado literario y en ensayos filosóficos como Cuestiones de métodoCrítica de la razón dialécticaEl idiota de la familia¿Qué es la literatura?, Las palabras y varias obras póstumas, él ridiculiza tal interpretación. En su Autorretrato a los sesenta años resume así su verdadera posición: “una teoría de la libertad que no explique al mismo tiempo –como él hace en las referidas obras– qué son las alienaciones, en qué medida la libertad puede dejarse manipular, desviar, volverse en contra de sí misma” es una teoría que “puede confundir muy cruelmente”[5]

He ahí dos legados de moral que han moldeado mi existencia. Uno cercano y práctico; el otro es teórico. Las implicaciones de ambos se hallan en proceso. 

A cuatro décadas de la muerte del filósofo, dedico estas líneas a conmemorarlo, cual complemento teórico de muchas vivencias compartidas con Felícitas.

Cartago, abril, 2020.


[1] Sartre, J-P. (1972) Obras (trad. A. Bernárdez y otros). Buenos Aires: Losada. 955.

[2] Sartre, J-P. (1960) Crítica de la razón dialéctica (precedida de Cuestiones de método). (trad. M. Lamanna). Buenos Aires, Losada, 56.

[3]

[4] Sartre, J-P. (1977) El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati). Buenos Aires: Sur, 55.

[5] Sartre, J-P. (1977) Autorretrato a los sesenta años (Situaciones X) (trad. J. Schvertzman). Buenos Airs: Losada, 126.

Cocina, filosofía y Premio Magón*

*Álvaro Zamora

Es innegable que el patrimonio culinario (o, si se prefiere, la gastronomía) ocupa –desde la Antigüedad y más allá de ella– un lugar privilegiado en cada cultura. Se habla de la cocina china, la cocina mexicana o la cocina francesa como elementos esenciales que caracterizan a las naciones o a ciertas tendencias del gusto; son difundidas así por todo el orbe. Los grupos nómadas del Sahara también cuentan con una cocina propia, en Islandia y en la India disfrutan de platillos que yo no he aprendido a disfrutar. 

Cada país tiene su cocina, en la cual se incluyen, necesariamente, las cocinas regionales. Costa Rica, por ejemplo, cuenta con el gallo pinto de Santa Cruz (muy seco) que difiere bastante del que ofrece un conocido restaurante cartaginés (más húmedo, poblado con diminutos cortes de chile, cebolla, ajo y culantro). La receta del delicioso rondón que ofrece los miércoles un restaurante en la playa de Manzanillo no ha llegado a noticia de las cocineras de la emblemática Coopetortillas de Santa Cruz. Acaso esos y otros establecimientos merezcan alguna reflexión filosófica (como las de la periodista y filósofa Valeria Campos, del instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso). Merecen, seguramente  hasta un premio de cultura. 

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