*Álvaro Zamora
Recorro la sala varias veces; una mesa redonda sobre lo que se exhibe empezará en breve. La exposición es sugestiva, aunque desigual en lo técnico y en lo conceptual, como sucede normalmente en las muestras colectivas. Aquí, como en las alocuciones y los diálogos entre ponentes y público, no se analizan detalladamente esos dos aspectos.

Un cuadro habitado de colores vivos y palabras liberadas sobre ellos alienta mi recuerdo de una geografía imaginaria. Es la propuesta de la pintora Enar Cruz, en su Mujer afirmando su yo; ella también presenta Rostro y Flor. La relación con mi recuerdo borgeano acaso sea injusta; no tengo la intención de juzgar la obra, solo despliego el impacto que provoca en mi memoria. Reconozco ahora, casi de soslayo, que en la inmediatez de esos cuadros solo he construido –a posteriori– una excusa para mis palabras[i]. Lo que expongo a continuación me lleva a atribuir –no sin audacia– tal desvío intencional en dirección a Borges.

Mi recorrido, el cuaderno de visitas, la sala, el cuadro referido y las demás obras, así como el conjunto de objetos dispuestos para albergar el diálogo, grabar la actividad y habilitar el gusto estético, ratifican la indicada sensación geográfica que, entre otras cosas, sirve de pie a lo que aquí discurre.
Se entra en la primera de las dos salas. En la breve pared de la derecha, sobre el espacio ocupado por el libro de visitas, hay un hombre desnudo con cabeza de animal, pintado por Ronaldo Sanabria. Evoca, seguramente, al personaje mítico de un cuento corto, donde Borges subvierte el mito griego del laberinto, para que Asterión –un ser solitario e incomprendido– espere la llegada de su redentor, que ha de matarlo a golpes para luego huir de aquel lugar, literariamente, gracias al hilo que le ha regalado una mujer que ha seducido o viceversa. Universos Paralelos –una pequeña escultura de Sandra Quirós– es un laberinto.


Luego se ha dispuesto una obra con aspecto de libro; es El viaje, de Irene Víquez, y pide, sin voz ni orden, que lo abran; conviene descubrir lo que ahí espera. Laberinto de otra índole se halla en una pared frente a la entrada; es una instalación de Karen Clachar. Sergio Guillén expone un acrílico sobre tela con el título Mira y Nudo. De Alejandra Luthmer se ha colgado, en la pared del fondo de la primera sala, una Alicia en su laberinto que, probablemente, remite al gusto por Carrol de Borges o a su obsesión con los sueños recíprocos entre lo real y la ficción. Completan la muestra diversas propuestas en acrílico. Ecos del tiempo, de Carolina Rivera, La máquina de soñar, de Olga Anaskina, quien también expone su Yo detrás de mi y la turbadora lechuza de Esperando el Aleph.

De Silvia Fournier hay un montaje de fotografías sobre canvas de intención multirreferencial: Instantes infinitos. Marcela Díaz expone su Astrolabio, un acrílico con collage sobre telas. De Sergio Guillén es una obra en técnicas mixtas titulada El sobrepensador.

Si ahora intento un abordaje general de Universos Borgeanos, es porque un texto se impone naturalmente sobre los demás: Del rigor en la ciencia, un cuento inquietante, incluido por Borges y Bioy Casares en sus Cuentos breves y extraordinarios.
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
Hay una referencia pegada al cuento: Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658
Ese Suárez Miranda es un autor apócrifo, presuntamente inventado por Borges y Bioy Casares. La atribución forma parte del juego borgeano de crear bibliografías, comentaristas y autores imaginarios para cuestionar la autoridad de los textos y los límites entre ficción y erudición.
A propósito de la exposición Universos Borgeanos, entiendo que dicha atribución ficticia de Borges puede extenderse al universo de las imágenes y a lo que representan o implican. Pienso que su legado literario puede involucrar —en cierta forma y también presumiblemente— al de las artes plásticas que –seguramente por infundados prejucios– hoy muchos prefieren llamar artes visuales.
Esta exposición, más que proyecto tópico, se ofrece, en mi criterio, como un abanico de sugerencias, o, si se prefiere, un variopinto de representaciones lúdicas, provocadas –conceptual y formalmente– por el universo filosófico y fantástico de Jorge Luis Borges: artes visuales, intervenciones escénicas, interacividad. De sus varillas conceptuales destaco cinco que me parecen evidentes; pero los invito a descubrir otras:
- El mundo se manifiesta como una representación relativa en los textos, quizá también lo sea en la realidad.
- Toda representación del mundo implica selección y abstracción; también la omisión constituye una forma de imaginar: el mapa es real y ficticio a la vez.
- Un conocimiento que pretenda reproducir íntegramente lo real termina por teñirse de fantasía.
- Toda construcción humana posee historicidad.
- El universo de las representaciones es inmenso, inevitable, quizá infinito.
Por eso, invoco Del rigor en la ciencia. El imperio del cuento puede ser muchos imperios de la historia o ninguno. Y quizá por eso continúa hablándonos asñi cuatro siglos después de su publicación ficticia y tres cuartos de siglo después de que Borges y Bioy Casares lo introdujeran en nuestra tradición literaria. En todos —reales o ficticios— es posible reconocer alguna cartografía ideológica (la del poder, la de la mentira, la de ese desarrollo entendido como un proyecto impositivo que pretende diseñar y organizar el futuro de los territorios). Utopías que emulan mapas de ruta para dirigir la vida ajena y la propia, delimitar metas o predeterminar el destino.
Me dirán ustedes que el cuento carece de pretensiones políticas. Ese es mi punto: tan amplia es la connotación del cuento borgeano (ontológica, epistemológica, ética, estética, etc.), que abarca o al menos permite suponer aquellos aspectos del mundo que fueron excluidos de él, seguramente, porque Borges y Bioy Casares parecían poco interesados en ellos.
En el cuento, la vasta cartografía imperial resulta inútil y las generaciones posteriores abandonan el mapa hasta convertirlo en ruinas. Interpretar plástica o dramáticamente esa idea puede resultar fascinante.
El relato es brevísimo, pero en su aparente avaricia verbal resume varias obsesiones de Borges y muchas paradojas del mundo. Sin ánimo de agotarlas, menciono dos líneas que podrían resultar particularmente fructíferas para aproximarnos a estos Universos Borgeanos exhibidos aquí.
- Primera: la paradoja de la hiper-información contemporánea, donde el exceso de datos y representaciones visuales tiende a trastocar o invisibilizar aspectos diversos de la realidad misma.
- Segunda: el dilema del simulacro en el arte, donde la obra ya no imita al mundo, sino que inventa un territorio aparentemente autónomo.
Entiendo que los artistas ofrecen estos Universos borgeanos como una paradoja. Reconocen que la razón puede enriquecer nuestra experiencia estética, pero saben también que jamás podrá sustituirla. Ese resto irreductible –un espacio donde el pensamiento deja paso al asombro– es, quizá, el territorio donde Borges continúa esperándonos.
[i] El texto corresponde, con algunas modificaciones, a mi ponencia presentada durante la inauguración de la exposición Universos borgeanos: laberinto infinito de símbolos, espejos, bibliotecas y paradojas, realizada el 1. de agosto 2026 en el Centro Cultural San José. La actividad estuvo a cargo de AICA-Costa Rica. La mesa redonda contó con la participación de Juan Carlos Flores y fue presentada por Alejandra Luthmer, de Áurea, bajo la coordinación de Irene Antillón.


