Trece irrelevancias casi filosóficas*

*Álvaro Zamora

A Jorge Eduardo, a Mario y a Guillermo

¿Cómo sería la vida,

si le quitáramos el placer?

–Erasmo de Rotterdam–

1- El ser es y el no ser no es.¿Quién soporta todavía tan lógica irrelevancia?

2- En su República, Aristócles (427 a.C-347 a.C.) –mejor conocido como  Platón  (del griego Πλάτων: el de espaldas anchas)–  instaura un determinismo metafísico irreverente, que otorga justicia al segregasionismo. Miembro de la aristocracia eupátrida (la de los bien nacidos), dicho ateniense concibió en todos un destino condicionado: cada cual debe ser y cumplir un afán prefijado en su alma. Originalmente iguales en cuanto a racionalidad e inmortalidad, las almas sufren un violento proceso de encarnación y caída. Ahí reciben, de ciertas divinidades menores, la ira y la concupiscencia. Se distinguen entonces las  voluntades naturales del esclavo, del guardián, del filósofo gobernante. Es cierto que, según aquel filósofo, el ahínco ontológico, psíquico y moral así preestablecido en cada cual puede cambiar, más no en la vida pública donde se ubican en un momento determinado (cfr. mito de Er, que es muy sugestivo). Quizá Platón se adelanta en cierta forma a la libertad existencialista, pues esa elección original del alma está condicionada por el mundo, pues se imponen a ella los méritos y errores de encarnaciones anteriores. Tras morir su cuerpo y antes de habitar en otro, inclinan decisión por alguno de los tipos de existencia. Con tal argucia Platón garantiza dos creencias: 1- la virtud no tiene dueño, aunque todos la ejerciten; 2- Dios no es responsable por las decisiones del hombre. 

La justicia concomitante exige que cada cosa y persona estén donde les corresponde. Por eso, la condición y las obligaciones sociales del esclavo le parecen a Platón, como a su clase de entonces y a muchas posteriores, justas, naturales. Así las de quienes son regidos por almas de guerrero o de gobernante. Es decir, lo justo no es dar a todos de lo mismo o algo semejante, sino equilibrar armónicamente el todo. Que cada uno cumpla lo que le toca, aunque la parcela de su vida sea muy dolorosa, opresiva y terrible. Trastocada en política y justificación de la violencia, tal convicción alienta en Platón ostensible desprecio por la democracia. Dichosamente, cuando Whitehead afirma que toda la filosofía europea consiste “en una serie de notas al pie de página de Platón (cfr. Process and reality) no adopta ni favorece del viejo ateniense tal psicopolítica determinista. Paradójicamente y en contrario, el matemático anglicano ha nutrido filosofía en favor de la libertad y de la democracia parlamentaria.

Alfred North Whitehead (1861-1947)

Por siglos, ideologías políticas parecidas a la platónica han motivado violencia de voz y hecho, tanto como guerras y demás conflictos humanos. Ideopolítico esencialista, Platón deambula todavía por el mundo. Hoy parece una sombra o inspiración en predios cotidianos de la patria. Se ha atestiguado cómo abrumadora mayoría de votantes apoyó a la mujer que prometía derruir de los ciudadanos las garantías individuales. Sin evaluar consecuencias –quizá presa del fanatismo– la masa no valoró, entendió ni quiso que el país mantuviera la libertad de expresión ni el derecho a la seguridad personal, a la inviolabilidad del domicilio propio, al derecho para circular por las calles y los campos libremente. Tampoco estimó como natural –o al menos necesario– el derecho a reunirse con amigos, comunicarse con ellos sin intermediarios o coacciones.

 Laureadas sean por los dictadores y por quienes padecen el síndrome de Hubris (también conocido como hybris) aquellas almas que, en tropel, invocaron tan abigarrada servidumbre y prospectivas ansias. 

3- La felicidad aristotélica parecía derrotada, definitivamente, en arduos campos de la Revolución Industrial. Más de un siglo después, epígonos del neoliberalismo ratificaron su deceso aunque, como hicieran capitalistas y filósofos de aquella Revolución, la muerte solo afectó a la porción de felicidad con que deberían contar los desposeídos, que en mayoría muy desproporcionada por doquier se agrupan todavía. Celosos de tan abrumadora conmoción de la histórica dialéctica, fanáticos de La Izquierda inventaron una Felicidad más cierta, materialista y esperanzada que la del estagirita. Advirtieron, sin embargo, que solo es realizable en predios de su profetizado futuro. Ahí será completa, irreversible y democráticamente dictatorial. De formas diversas y abundantes se han ocupado ellos mismos –mientras tanto y con mayor saña o víctimas que en los mitos griegos– de violentarla y zaherirla hasta el estertor sino la muerte. Del Lado Derecho llueven alegorías, sonrisas y juicios muy hipócritas contra tales evidencias de la praxis. Moral, paz y guerra de unos u otros siguen lacerando el mundo entero.

4- La metafísica medieval es maravillosa, edificante, divina. De su inmenso legado perduran más escritos que el respeto debido a las virtudes teologales.  La obra del Doctor gratiae –Agustín de Hipona (354-430)– resulta ejemplar. De la patrística merece atención Orígenes (185-254), con obra inmensa, pero de cuya cantidad mucho se ha extraviado. Dote literaria de tal factura han dejado Juan Crisóstomo (349-407), Jerónimo (347-420) y Gregorio El Grande (540-604).  Millones de páginas se presumen también en la escolástica. El mejor ejemplo es, sin duda, la obra de un tal Tomaso d´Aquino (1224/5-1274), conocido entre compañeros de estudios como Buey Mudo y, más tarde, honrado con apelativos como El AquinateDoctor AngélicoLumbrera de la Iglesia e incluso Doctor de la Humanidad. Comparable en agudeza argumentativa con él,  Francisco Suárez (1548-1617) –el Doctor Eximius– ha sido víctima de cierto olvido o descuido inexplicable. Sus escritos son enormes en extensión y agudeza. Perduran también casi cuarenta volúmenes de un dominico llamado Alberto, hombre de fe muy inteligente, conocido como El Magno (1193 o 1206- 1280). No deben obviarse decenas de tomos cuestionados por el papa o sus especialistas en doctrina. Entre otros, se destacan los de Joachim de Fiore (1135-1202), los de Marsilius de Padua (1275 o 1280-1308) y los de Jans Hus (1372-1415). Más conocidos y peligrosos fueron considerados los del Venerabilis Inceptor Guillermo de Ockham (1287-1347), que también son abundantes. En fin, la cantidad de autores y de sugestivas páginas medioevales es inmensa. También es coercitiva y autorreferencial, como el psicoanálisis contemporáneo. Discurren en sus páginas versiones diversas de una teología irremediable, poblada de armas para la disputa o la guerra, para condenar herejes a la hoguera, para deshumanizar al disidente. De haber subsistido su eficacia, aquellas ficciones nada envidiarían hoy a las novelas, a la ensayística ni a juegos sintéticos de pretendida inteligencia que circulan por doquier. Conviene advertir, pese a su decadencia, que algunos enarbolan todavía sus pendones. Pecan de envidia, seguramente, pues ya no pueden emular a los antiguos sicarios del régimen ni a sus patrocinadores.

5- La Utopía de Tomás Moro (1478-1535) es admirable. Sus lectores topan en ella con algo ingenioso y procaz: imponer al futuro, como posibilidad emancipadora o libertaria, un modelo opresivo cuyos fundamentos reales han sido superados, para bien o para mal, por la realidad económica, política y, en general, por todas las estructuras sociales de su época.

De Moro fue notable la inteligencia en temas filosóficos, teológicos y de la diplomacia; también una lealtad inquebrantable por el  papa y, a la vez, por una religión que, en sus días, ya acumulaba crímenes más horrendos que las infidelidades y la impune altivez de Enrique VIII (1491-1547).

6- A René Descartes (1596-1650)  –mencionado a veces como Renato e incluso como Renatus Cartesius) le deben, por sus rupturas creativas con la tradición, muchos escritores tanto como los profesionales en filosofía y otros investigadores de la verdad. Que haya escrito en lengua vernácula es un tema casi literario, además de ideológico e incluso político. Lo otro también es inmenso, pero se elude aquí con intención irreverente, para atender solo a una minucia: dos alemanes descubren en o sobre Descartes tópicos diferentes y curiosos. Edmund Husserl (1859-1938) es uno de ellos. Él denuncia en el cogito cartesiano otro, que es pre-reflexivo;  quizá resulta más cierto y fundante que el apuntado tras la famosa duda metódica del francés. Ese aporte husserliano a la filosofía debe parte de su impulso al psicólogo y filósofo Franz Brentano (1838-1917) con la nutrida idea, entre otras, de que toda conciencia es conciencia de algo. El otro alemán que aquí interesa se llama Eike Pies (1942-…). Frente a una versión romántica y aceptada tradicionalmente, según la cual Descartes muere a causa del frío apabullante de Estocolmo, Pies propone la hipótesis de un asesinato (cfr. 1966, Der Mordfall Descartes: Dokumente, Indizien, Beweise.Verlag E & U. Brockhaus). Funda tan atrevido juicio sobre una carta de cierto Johann van Wullen (1615/16-1658). A la sazón, ese fue el médico cortesano que atestiguó la agonía del filósofo. Según Pies, lo escrito en la misiva de van Wullen no encaja con los síntomas de una infección pulmonar causada por el irrespetuoso clima sueco; sino por una intoxicación aguda debida a la ingesta de arsénico. Aventura Pies acusación contra François Viogué (también recordado como Jacques) de quien no parecieran haberse registrado las fechas de nacimiento y muerte. Era un misionero católico que fungía en Suecia como capellán de la embajada francesa. Según Pies, Viogué habría temido que las ideas modernas de Descartes arruinaran sus esfuerzos para que Cristina de Suecia (1626-1689) abdicara y se convirtiera al catolicismo. 

Husserl es un alemán cartesiano muy conocido y celebrado por abrir puerta a los extensos campos de la fenomenología. Lo del Dr. Eike Pies, aunque parece coherente y deudor de cierta consistencia indiciaria, no parece mover mucho el criterio de universitarios e historiadores de la filosofía. Ojalá los literatos destinen a su herencia ficciones con ribetes filosóficos; tan ricas y sugestivas como la novela dedicada por Eco a un tal Guillermo.

7- De Nicolás Malebranche (1638-1715) hoy se habla poco. Pero si su filosofía se considerara como tópico literario, podría resultar muy atractiva temáticamente en nuestra era. Suponía ese pensador cartesiano que Dios es un trabajador tan incansable como necesario. Toda la realidad, cada detalle, cada hecho en la dimensión y la velocidad posibles se realiza solo con ocasión de sus intervenciones. Original fantasía para resolver la relación causal entre una pretendida sustancia material y la otra, que es o se supone como algopensante. Según Malebranche, cuando esa res cogitans desea mover el brazo de su cuerpo, Dios –si así lo quiere­– encuentra inmediatamente la ocasión para ejecutar tal movimiento en el mundo físico. Es cierto que a veces no quiere; todos lo saben, especialmente los ancianos y muchos enfermos. El verbo poder, en tales casos, no se pone en duda; aunque resulte difícil entender la moralidad de tal abulia divina. Quizá sea irreverente advertirla porque, pese a las bondades cristianas de Malebranche, podría interpretarse –no sin invocar furia de los creyentes– que El Altísimo tiene preferencias y que, según infinidad de ejemplos en todo el mundo y las épocas, promueve cierto sectarismo odioso entre sus criaturas. No pueden atribuirse tales voluntades divinas al error; mucho menos a una secuela del cansancio; el Dios de Malebranche es tan perfecto e inagotable como el de cualquier otro católico.

La escena poscréditos de Los Boxtrolls (2014, LAIKA) –película animada mediante las técnicas fotograma a fotograma (stop motion) y GCI (tecnología digital)– funciona, entre muchas otras cosas, como un ejemplo del racionalismo malebranchiano. Mientras limpian el entorno, dos personajes dialogan sobre el libre albedrío

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Creen, en principio, que parpadean, se mueven y gesticulan por iniciativa propia. El espectador es cómplice de ellos pero, de pronto, la cámara se aleja para mostrar, en proyección simultánea de lo real y de la ficción, que los personajes actúan con ilusa autonomía. Travis Knight –operario real de la empresa cinematográfica– es grabado en un plano de realidad que los actores animados no perciben. Su mano mueve todo lo que se observa, segundo por segundo y milimétricamente, como hace con su mundo la Causa Primera de Malebranche. Casi al final, uno de esos seres animados parece intuir la irreverencia racionalista contra su libertad personal. Ojalá muchos seres reales emularan tan afinada intención.

8- En su Monadología, discurso de metafísica, Leibniz (1646-1716) advierte (§ 11) que ninguna causa externa puede o podría influir de forma alguna en las mónadas. Define tales entidades (§ 1-3) como substancias simples, es decir, sin partes, “extensión, ni figura, ni divisibilidad posibles”. [1] Pese a toda excusa en su favor, sería prudente indagar si, en el mejor mundo de todos los posibles (los cuales, de no ser infinitos, al menos se ofrecen tan incontables o indeterminados como los libros de la biblioteca borgeana) tal definición impone la idea de que Dios es –o debe ser– en todas ellas y en cada una. O quizá deba entenderse de una vez por todas que Él, pese a ser su ingeniero y de ser todopoderosísimo, carece de facultades para imponer a las mónadas la voluntad omnisciente de su arbitrio. 

9- Lleva razón Inmanuel Kant (1724-1804), cuando niega al juicio de gusto aquella autonomía que ha concedido a los juicios de la moralidad.

Lamentablemente, en su Kritik der Urteilskraft acuña la noción espantosa e imprecisa de lo sublime. Pese la depurada virtud analítica y expositiva del filósofo, esa recaída en la metafísica resulta tan estéril que ni siquiera ha podido ser superada eventualmente por Walter Benjamin (1892-1940), con su vaga, difusa pero muy celebrada noción de aura. Acaso lo sublime sea menos comercial o irreverente que tal aura. El neologismo de Benjamin, menos complejo y bien diseminado entre marchantes y columnistas de revista, ha servido para vender sobrada falsedad en todo el orbe. 

10- Con típica arrogancia y evocando la distinción entre su cuaderno azul (1933-34) y el marrón (1934-45), Wittgenstein divide la obra de Bertrand Russell (1872-1970) en dos. Opina que una parte, dedicada a lógica matemática, debería encuadernarse en rojo; para el resto de los escritos russellianos recomienda un empastado azul. Según el autor del Tractatus, con lo encuadernado en rojo debería ejercitarse una obligada lectura filosófica. Cháchara le parece lo que Russell dedica a la ética, a la política y a otros tópicos de corte humanístico. Por eso, recomienda que nadie lea esa faceta escritural de Russell. Contra Wittgenstein hay debería afirmarse que, lejos de toda frivolidad, esa ración filosófica de Russell resulta impostergable e invita a la reflexión. Hay que festejarla, aunque no se llegue a un acuerdo con todo lo que él afirma. De la obcecación de Wittegenstein y parte de sus acólitos podría esperarse una censura –sino la destrucción total– de la literatura universal. Cumplida tal meta, esperarían ellos, con ilusión de infantes, que nadie nunca jamás de los jamases vuelva a caer en la tentación de confundir un poema con los argumentos válidos; ni una ficción narrativa con su presunción de verdad. Irreverencias de calaña semejante no deben denostarse, basta obviarlas. Pese a ellas, Bertrand Russell se halla en lista con los filósofos extraordinarios de Occidente. No es un sabio, sino un amante sincero e impúdico de la sabiduría pues, aunque no sabe todo, carece de recato o vergüenza cuando intenta unirse a ella, pese al reconocimiento de limitaciones propias.

11- Seguramente, G.W.F Hegel (1770-1831) hablaba con mayor elegancia y atino que como escribía. Quizá por eso los universitarios iban a sus clases, en lugar de ir a las del huraño, arrogante y misantrópico A. Schopenhauer (1788-1860). De los textos esenciales escritos por Hegel, la mayoría es tan abstrusa o desatenta con el lector, que autores rigurosos como H. Lefevbre (1901-1991) y H. Marcuse (1898-1979) ofrecen de ellos explicaciones muy dispares entre sí. Letra distinta puede escribirse respecto a libros suyoscompilados y publicados a partir de transcripciones hechas por terceros, como es el caso de la Estética o de las Lecciones sobre historia de la filosofía. Algunos profesores de ayer y de hoy ahorran el esfuerzo de releerLa fenomenología del espíritu, cuando preparan conferencias o las sesiones de un curso sobre ella. Se escuchan luego consistentes, claros y –si dominan aquella elocuencia a la que Aristóteles y los seminaristas dedicaron lecciones de retórica– pueden ser considerados, por algún ignaro de su audiencia, cual eruditos; aunque, lejos de exponer doctrinas de Hegel­, estén seduciendo al oyente con dictados de Lefevbre o de otro intermediario doctrinal.

12- Que pensaba contra sí mismo no hay duda: Jean-Paul Sartre (1905-1980) revisaba lo escrito por él en el pasado, reenfocaba sus ideas, rompía contra sí presuntas certezas con las que ya había convencido a sus acólitos e incluso a sus detractores. No obstante, es verdad que hay una línea fundamental o básica que él tiende, transversal, desde sus inicios hasta algunos días anteriores a su fallecimiento. Le sirvió para oponer crítica corrosiva contra pensadores que, paradójicamente, mucha influencia tuvieron sobre él, como E. Bergson (1859-1941) y el mismo E. Husserl (1859-1938), M. Heidegger (1889-1976), Kant y Hegel, incluso frente a S. Kierkegaard (1813-1855). También la usó para proponer alternativas teóricas dentro del marxismo y contrariar a reputados ideólogos como G. Lukács (1885-1971) o R. Garaudy (1913-2012); así al idealismo dualista y al realismo epistemológico de todos los bandos. Al final de su vida, ejercitando ese derecho a pensar en contra propia, Sartre hombre parece desdecir al Sartre filósofo. Al menos así lo ha pretendido su secretario Benny Lévy (conocido también como Pierre Victor –1945-2003–) y su hija adoptiva Arlette Elklãim-Sartre (1935-2016); aunque Simone de Beauvoir (1908-1986) y otros sartreanos ven en todo ese episodio un acto de mala fe. Es cierto que el deteriorado Sartre recurre a un entramado ideológico que hábilmente le ha planteado en sus días finales el mencionado secretario. Pero a contrapelo de tal hecho; ya sea por error o por buscar una analogía plausible, la presumible traición ideológica no está del lado enemigo, sino en la esquina de Sartre. Debe ser advertido, sin embargo, que la quimérica metamorfosis ideológica no sería tan radical como algunos pretenden. Pese a la irreverencia ejemplar en contra de su pasado filosófico y de sus allegados, el decrépito anciano nunca desvía su noción de libertad ni desecha sus fundamentos. Él mismo atenta contra toda intención del momento para romper El ser y la nada y otras de sus obras fundamentales. Bien había establecido ya, en textos de Situaciones, en ¿Qué es la literatura? y en los tomos dedicados a Baudelaire, Jean Genet y Gustave Flaubert que él, como cualquier artista o escritor, no tiene acceso privilegiado al significado total de su producción; menos a sus consecuencias. Toda obra desplaza a su gestor. No solo porque expresa estructuras de la realidad y del pensar que trascienden los motivos íntimos de cualquier pluma, sino porque lo publicado ya es un objeto del mundo. No se deja de ser padre por abandonar al hijo; pero la vida del hijo también se enajena del padre, aunque a veces no lo parezca. Se puede querer u odiar a Platón, pero lo que importa profesionalmente es su obra; así la del Aquinate o la de Einstein. Un berrinche contra lo hecho resulta evaluable y muchas veces es prudente; pero verba manent se le impone irremediable, como el infierno de Huis clos a sus personajes. En terrenos filosóficos –que no vivenciales ni psicológicos o médicos– se entiende cómo hasta en el ocaso de sus días Sartre sostuvo, con firmeza, que el devenir histórico y el destino individual constituyen tareas genuinamente humanas, emancipadas de cualquier designio divino. A quien mayor interés despliegue por su vida personal y por sus vicios, le resultará fascinante la biografía que le dedica Annie Cohen Solal; quizá también las enamoradas cartas dedicadas a un Castor, que se han publicado en dos tomos (T.I: de 1926 a 1939; T. II: de 1940 a 1963).

13. El epígrafe.


[1] Es folget aus dem bereits beigebrachten Satze, daß die natürlichen Veränderungen derer Monaden von einem innerlichen Principio herrühren; weil eine äußerliche Causa in ihr Innerliches keinen Einfluß haben kann. Cfr. Leibniz, G. W. (1998). Monadologie (Französisch/Deutsch) (H. Hecht, Trad. y Ed.). Reclam.